Lila (primera parte)
Dedicado a Clementina, que con su magia y valentía ha inspirado mi vida.
Clementina y Ernesto pololearon a escondidas durante seis años. Mantuvieron el romance vivo a través de cartas, aunque ninguno de los dos sabía leer ni escribir. En sus veintitantos ella tenía una melena tan revoltosa como su lengua y era re buena para andar a caballo. Cruzaba cerros y quebradas galopando, junto a sus hermanas, para llegar a las trillas, tradición recurrente por aquellos años en el campo y ocasión especial para coquetear con Ernesto.
Cuando ella tenía 31 y él 30, decidieron casarse. Ernesto, que por aquel entonces era alto, maceteado y de carácter decidido, fue a pedir la mano de Clementina. Luego de aceptar el compromiso, el padre de ella se fue a llorar al cerro; eso hacía cada vez que una de sus hijas decidía casarse. Ese tal Humberto tampoco se dignó a aparecer en la boda, seguramente seguía llorando…
Luego de que el cura los unió “hasta que la muerte los separe”, los recién casados se fueron a vivir al sector de Los Pozos, en la comuna de Pencahue, región del Maule.
Pencahue, que en lengua quechua significa “tierra de zapallos y calabazas”, fue habitada por las y los indios promaucaes, que en la misma lengua quiere decir “enemigo salvaje”. Además de zapallos y calabazas, en este valle crecen uvas, que se convierten en exquisitos vinos, que luego viajan por todo el mundo.
La primera casa del joven matrimonio fue un ranchito de paja, cerrado por los lados con ramas, donde la Cleme lloraba día y noche porque echaba de menos a su familia. No es que se haya ido a vivir muy lejos, más que la distancia física le dolía la emocional, esa de cortar lazos con el nido donde creció, para comenzar a empollar sus propios huevos, su propio hogar. En esta nueva casa vivían junto al inseparable hermano mayor de Ernesto, Segundo, hombre de cuerpo ligero, carácter templado y corazón bondadoso.
Fue en Los Pozos donde Clementina parió primero a Mauricio y dos años más tarde a Bernardita. Cuando venían los dolores prenatales, Clementina se hincaba, se agarraba de una soga y pujaba. La mamita Berta, su fiel partera, cortaba el cordón y bañaba a la guagua. Luego de parir, Clementina se ponía el sombrero de su esposo, para que la placenta bajara más rápido. Esta era una de las muchas creencias que circulaban por el campo y que la Cleme, como muchas otras mujeres, se tomaba muy a pecho.
Los siguientes tres hijos, Jacqueline, José y Edilia, fueron dados a luz en el fundo La Ponderosa, ubicado en El Estero, también dentro de la comuna de Pencahue. A principios de los sesenta, el fundo fue adquirido por Néstor Cárcamo, quien unos años más tarde sería alcalde de Pencahue y uno de los personajes trascendentales de esta historia. Junto al nuevo dueño, arribaron Clementina y Ernesto, pasando allí la mayor parte de sus vidas.
La Ponderosa
En tiempos más antiguos, La Ponderosa fue la primera escuela de El Estero. También se dice que en algún momento fue una cantina.
En la época de Nestor Cárcamo, el fundo se dedicaba principalmente a producir uva y vino. Este campo de 25 hectáreas, nacía en un estero, era atravesado por un camino y se extendía hasta la cumbre del cerro. La casa de los patrones y la casa donde vivían Clementina y Ernesto, fueron construidas a la orilla del camino. De la casa hacia abajo era el “bajo” y de la casa hacia arriba, el cerro. En el “bajo” se encontraba la viña, las plantaciones, principalmente de tomates y maíz, un pequeño jardín con árboles frutales y una siempre abundante huerta, mientras que en el cerro se criaban cabras y ovejas.
Clementina se encargaba del jardín, de la huerta y de la crianza de gansos, gallinas, pavos, patos y chanchos. Ernesto estaba a cargo de la viña. En temporada de vendimia el fundo ganaba más vida: se sumaban alrededor de veinte trabajadores, tanto hombres como mujeres. Ernesto trabajaba en el campo, mientras Clementina se dedicaba a preparar desayuno, almuerzo y once para toda la gente.
Dentro de La Ponderosa, la familia vivía en una gran casa de adobe y tejas, que estaba frente a la casa de los patrones. El piso era de tierra y cada habitación era del tamaño de un departamento promedio de la capital. Un largo corredor llegaba hasta una oscura cocina, que siempre olía rico, a tierra húmeda, ají secándose, a carne ahumada, a queque recién horneado. El corazón de la casa era un patio interior, allí la sombra del parrón era el lugar favorito para pasar el verano. En aquella casa nunca faltaron el mate ni las tortillas de rescoldo ni las visitas. Al final de la casa había una gran bodega, donde se guardaban sacos de papas y de trigo, además de las chuicas de vino y aguardiente.
Afuera de la casa crecían todo tipo de árboles -olivos, naranjos, limones, higueras, cerezos, almendros, nogales- y también se encontraba el baño, un pozo negro maloliente en el que abundaban las moscas.
Clementina solía recorrer el cerro de la mano de sus niñas y niños arreando el ganado de ovejas, mientras comían boldo y maqui. En el bajo alimentaban a los chanchos, que engordaban junto a un gran peral.
Clementina era incansable, incluso estando embarazada. Cuando se le rompió la bolsa de su cuarto hijo, José, llevaba un balde de agua en cada mano.
Ernesto, que tenía apariencia de serio y mañoso, en realidad era muy pícaro. Mate en mano, juntaba a un puñado de niñas y niños alrededor del brasero y comenzaba a narrar misteriosas historias. Para la gente del campo, el Diablo era un personaje que rondaba por ahí, y Ernesto se aprovechaba de esta creencia. Cuando las hijas e hijos de los patrones se iban a dormir, Ernesto se escondía en un espino con su manta de castilla puesta y salía a su encuentro. Quedaba la gritadera de chiquillos arrancando del falso cachudo y más de alguno se meaba de puro susto.
En el sector de El Estero, el resto de la gente era como Clementina y Ernesto. Gente campesina, humilde, amable, acogedora y muy trabajadora. La mayoría agricultores por subsistencia, que colaboraban entre sí. Por aquellos años eran comunes las mingas para esquilar las ovejas o para trillar el trigo.
En los setenta, había solo un televisor en El Estero, en la casa de Ernesto Valdés, así que partían todos a su casa para ver las peleas de Martín Vargas. Se demoraban mucho más en llegar que lo que se demoraba Martín Vargas en noquear a su contrincante.
También se celebraban bailes y carreras a la chilena en beneficio de quien lo necesitara. La gente llegaba a caballo y entre ellos armaban las carreras. Se sacaban las monturas, los peleros y vamos corriendo y haciendo apuestas. Un veedor daba la partida, y se disputaban los 200 o 250 metros. No faltaban los que se picaban y se armaba la trifulca, a ramalazo limpio, con las riendas se daban y quedaban con la cabeza rota. Si llegaban los de Corinto, sector vecino de El Estero, de seguro se armaba la mocha. Ernesto, que era aniñado, más de una vez participó de estas revueltas. A veces también volaban las botellas. Cuando se calmaban las pasiones, seguían bailando: cuecas, cumbias y sobre todo rancheras.
La Peque
Clementina pisaba los 45 años cuando la matrona le quitó las pastillas anticonceptivas, esperando que le llegara la menopausia, pero en vez de eso la Cleme quedó embarazada de su quinta guagua.
La tarde del 3 de enero de 1978, Clementina estaba cocinando panas de cabro para la once, cuando empezaron las contracciones. Dejó la cocina para irse a su pieza, había llegado el momento de dar a luz nuevamente. A Ernesto, que había empinado el codo de más, le dio la maña y no quiso comer. Clementina se revolcaba de dolor en la cama, pero su marido poco y nada podía ayudarle, así que Segundo, su cuñado, fue en busca de la partera. Esa noche nació Edilia, la quinta y última hija de la familia Bravo Riveros.
Cuando Edilia llegó a este mundo, sus hermanos iban al colegio y los mayores incluso ya trabajaban. José tenía cinco años, Jaqueline siete, Bernardita ocho y Mauricio diez. Para la familia, Edilia o Lila siempre fue “la Peque”, la que andaba a la falda de Clementina y era mimada por sus hermanas y hermanos mayores.
Lila cursó los primeros años de la enseñanza básica en la escuelita de El Estero, que quedaba a varios kilómetros de La Ponderosa y donde se reunía una docena de niños y niñas a aprender. Esta era una escuela unidocente, con cuatro cursos que estaban en una misma sala, a cargo del profesor Juan Olivares. Edilia, que no destacaba por sus notas, sí lo hacía por su buen comportamiento, su simpatía y amabilidad. Algunas veces invitaba a su profesor a tomar once y Clementina se ponía contenta porque le encantaba recibir visitas.
De cuarto a octavo básico, Lila estudió en el colegio de Corinto, localidad vecina de El Estero. Y para la enseñanza media entró interna al Liceo Agrícola de Pencahue.
La Peque creció y se convirtió en una jovencita alegre y tranquila, de vocecita aguda, con unos brillantes ojos color aceituna, cabello largo, ondulado y oscuro, y una chasquilla bien levantada. Era una muchacha sociable y a la vez tenía esa tierna timidez campesina. En el liceo había hecho buenas migas con sus compañeros, pero sobre todo con Andrea, su amiga del alma y compañera de habitación.
El internado era antiguo, grande y frío. Por cada pieza había al menos diez camarotes. Lila dormía en la cama de abajo y Andrea en la de arriba. Pasaban juntas las 24 horas del día: la mayor parte del tiempo estudiando y a veces viendo tele. Tenían rígidos horarios para levantarse, ducharse, comer e irse a dormir. Pero a pesar de esto, lo pasaban muy bien.
Ni a Lila ni a Andrea les convencía la idea de pasar el resto de sus vidas trabajando en el campo, que era para lo que estaban estudiando. Soñaban con viajar y estudiar otra cosa cuando salieran de cuarto medio. Lila también soñaba con una familia y tener hijos. Le gustaban mucho las guaguas y desde que su hermana Jaqueline la había convertido en tía, vivía chocha por su sobrino Sebastián.
Los viernes, Lila armaba su bolso y regresaba a El Estero. No sin antes pasar a visitar a su hermana y sobrino, que vivían en Pencahue. Elvira, compañera y amiga de Lila, solía ayudarla con el bolso y la acompañaba hasta la casa de Jacqueline.
En enero de 1995, Lila y Andrea pasaron juntas una semana de campamento. Como estudiaban técnico agrícola, por los veranos tenían campamentos, en los que debían cuidar las siembras que se hacían durante el año. Al terminar el campamento, las amigas se despidieron entre besos y abrazos. Lila le entregó una carta a Andrea, en la que escribió “seremos amigas más allá de la muerte”. Esa fue la última vez que Andrea vio a su amiga.
Volver a ser de repente, tan frágil como un segundo
Como la familia de Lila era católica, ella también desarrolló esta cercanía por la iglesia.
Cada sábado, Patricia Corvalán se reunía con un puñado de jóvenes en un salón de la escuelita de El Estero y los guiaba hacia el camino de la Confirmación. Lila era parte de este grupo.
La señora Paty le contó a Lila sobre un retiro de la Iglesia que se realizaría en Vilches durante el verano y la motivó a inscribirse junto a otra de sus compañeras. En un principio, a Lila le entusiasmó la idea, pero pocos días antes del retiro le entraron las dudas, porque su hermana Bernardita la había invitado a Concepción, donde vivía hace un par de años y se ganaba la vida siendo la nana puertas adentro de una familia que se convirtió en su familia también . Entonces, la señora Paty fue a la casa de Lila a convencerla de ir, porque las monjas le habían dicho que su cupo ya estaba guardado.
El lunes 13 de febrero de 1995, Lila comenzó una semana de retiro espiritual en Vilches, una mágica localidad cordillerana de la Región del Maule, bañada por los ríos Claro y Lircay; cubierta por un bosque nativo de hualos, coigües, ñirres, lengas y canelos. Hogar de cóndores, zorros, carpinteros, chucaos, vizcachas y pumas.
Durante la semana de retiro, Lila hizo nuevos amigos y amigas, y se acercó más a Dios. El retiro llegó a su fin el sábado 18 al medio día. Ese día Lila debía regresar a Pencahue, para luego llegar a su casa en El Estero.
En Vilches, justo antes de subir al bus, Lila se reencontró con Juan, su profesor de la infancia, quien además era ministro de la Iglesia Católica. Aquel día Lila vestía una blusa blanca y un pantalón colorido. Lila le comentó a Juan que lo había pasado tan bien que no tenía ganas de regresar. Juan recuerda que aquella última vez la vio radiante y llena de paz. En ese momento, Lila se despidió de la señora Paty, quien concuerda con que se veía muy feliz.
Teresita, que era vecina en El Estero y compartía internado con Lila en el liceo, también participó del retiro. Ese día, luego de casi dos horas de viaje, se bajaron juntas del bus en la plaza de Pencahue. Lila le preguntó si se iba a quedar ahí esperando el bus hacia El Estero, y Teresita le respondió que sí. Entonces Lila le contó que ella iría donde su hermana Jaqueline. Quería pasar a saludar a su sobrino, que por aquel entonces tenía dos años.
Las muchachas se despidieron y Teresita se quedó mirando a su amiga hasta que desapareció en la calle.
Lila caminó por el pasaje El Algarrobo hasta llegar a la casa de su hermana, pero no encontró a nadie. La Peque logró entrar porque tenía una llave y le dejó una nota a su hermana: “Hola Jaqui, espero que te encuentres bien, tú y los demás. Bueno, yo bien, me fue muy bien, lo pasé regio, con los demás compañeros no nos queríamos venir. Bueno, yo estaba acá y estoy más asustada porque el chiquillo venía a cada rato, tuve que decirle que ya me iba para que se pudiera ir, así que no vengo cuando está la casa sola. Chao, un besito al Seba, eso que está aquí (dulces) es para él”.
Eran pasadas las cuatro de la tarde del sábado cuando los desgarradores gritos de auxilio empezaron a oírse en Pencahue. La gente los escuchaba, pero nadie llegó a ayudarla. Un cuchillo la atravesaba una y otra vez. La Peque se defendió todo lo que pudo y arrancó por el callejón, mientras se desangraba.
Teresita seguía en la plaza esperando su bus mientras mataban a su amiga Lila. Desde allí escuchó el ruido de la ambulancia. Al rato alguien llegó a contarle que habían matado a la cuñada de Raúl González, pero Teresita nunca imaginó que se referían a su amiga, porque había estado con ella hace tan poco tiempo… Se subió al bus, desconcertada. Cuando llegó a su casa les comentó a sus papás que algo malo había pasado. Se acostó en su cama y al poco rato llegó un vecino con la noticia de que habían matado a Lila.
Un rato antes de que la noticia comenzara a circular, un muchacho en bicicleta llegó desesperado pidiendo ayuda al consultorio de Pencahue. Minutos más tarde, la paramédica Gloria había ido en la ambulancia hasta el callejón donde encontró a Lila en el suelo, en medio de un charco de sangre. Aunque ya era demasiado tarde, subieron el cuerpo a la ambulancia y la trasladaron hasta el consultorio. Allí la recibió el paramédico Francisco, que no pudo hacer nada porque ya no había signos vitales.
El rumor comenzó a esparcirse por el pueblo. Un tal Rodolfo, que conocía a medio mundo, pasó a ver el cuerpo de la desconocida y supuso que era la hija de Ernesto Bravo. Media hora más tarde la ambulancia llegó hasta La Ponderosa y Ernesto se subió en ella, sin comprender lo que estaba pasando. Ya en Pencahue, su carácter fuerte se desvaneció al reconocer el cuerpo sin vida de su hija.
El pueblo entero comenzó a inundarse en un mar de dolor y lágrimas.
Nostalgias de una Clementina
Hace algunos años entrevisté a Clementina para una tarea de la universidad y así supe que tenía que escribir la historia del femicidio de su hija. La Cleme tiene el pelo corto y pocas canas para tantos años. Su piel está tostada y arrugada. Y sus ojos pequeños pestañean rápidamente cuando se pone nerviosa. Su corazón sigue siendo bondadoso y su lengua amistosa. Le encanta quedarse conversando con sus vecinas y recibir visitas en su casa. Ya no vive en el campo. Ya no hace tortillas de rescoldo. Ya no está su compañero…
Después del terremoto de 2010, se vio obligada a abandonar su vieja casa de adobe. Ahora vive en el pueblo, en una casita blanca, de madera, a pocos metros del cementerio donde está enterrada Lila y desde hace poco también Ernesto.
Aquella vez, la Cleme llevaba puesto un delantal de cocina color azul. Se sorprendió al verme, se rió, me abrazó y me dijo “chiquilla de miércale”.
Hablamos largo y tendido sobre su vida. Me contó sobre su infancia en el campo. Recordó el pelo largo y siempre trenzado de su mamá, Ester. Me relató la muerte de su padre y cómo habían embrujado a uno de sus hermanos. Me confesó cómo se había enamorado de Ernesto y me contó algunos detalles de los más de 50 años que llevaban juntos. También dimos un recorrido por su pequeño jardín y como es costumbre, tomamos mate. Casi al final de la entrevista me atreví a preguntarle sobre su hija Lila.
- ¿Cómo era la Lila?
-Muy regalona- suspira.
- ¿Y qué pasó con ella?
-Me la mataron poh, cuando volvió del retiro, tenía 17 años, estaba por terminar el colegio. Tu mamá la invitó a que fuera a Concepción, pero la Lila no quiso porque las madrecitas se iban a enojar si no iba al retiro. Cuando volvió, se bajó en la plaza de Pencahue y pasó a ver a su hermana Jaqueline, pero la Jaque no estaba. En eso pasó un caballero y la molestó. El caballero se fue y ella entró a la casa a dejarle una carta a su hermana, y mientras ella escribía la carta volvió el hombre con una cuchilla. Ahí la tajeó mucho, las puñaladas de la espalda la traspasaban. Ella pudo andar un poquito desde la puerta, pero ya era tarde, murió antes de que llegara la ambulancia.
- ¿Y cómo fue cuando se enteraron?
-Llegaron a avisarnos y partió Ernesto. Nosotros nos quedamos con el Cochelo, mi hijo, y no sabíamos nada, llorábamos y gritábamos. Después nos avisaron que ya estaba muerta-. Comienza a llorar, nos abrazamos y lloramos en silencio.
“Así fue la muerte de mi chiquilla”, recuerda.
La Cleme es mi abuela y Lila una tía que nunca conocí.

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