Del valle del Maule a la Sierra nevada (primera parte)

 

Hoy desperté con pocas ganas y en plena incomodidad recé llamando a mi propósito. El mensaje que recibí fue claro: escribe, escribe, escribe. Me fui a mi diario y ahí comprendí que ya no me basta escribir solo para mí. Hace un tiempo hubo un diario que escribí para un compañero. 

Mi diario anterior lo digitalicé y lo compartí con mis amigas del desierto. Y ahora deseo hacer lo mismo con este diario: parirlo en comunidad. 

Junio 13

El silencio es una respuesta hermosa. El viaje también lo es. Confío en los poderes sanadores de la selva y por sobre todo confío en mi propia fortaleza, en mi mujer salvaje, en mi fiereza. 

Me siento como pajarita sudaca, migrando desde el frío austral, hacia el calor del caribe. Tal como lo hace el fiofío. ¿Por qué migran las aves? Por sobrevivencia, búsqueda de calor y de abundancia. ¿Por qué migra la Mila? Le sumo a las razones anteriores mi manantial de curiosidad, búsqueda incansable de aventuras y de buenas historias. Al mismo tiempo para honrar la vida, honrar que estoy latiendo, revoloteando mis alas en este infinito vuelo. 

(Sincronía: este diario nace el mismo día en que nace mi abuela paterna)

Junio 15

Hoy es mi última noche aquí, en esta casa de campo que ha sido mi refugio el último tiempo. Aquí donde re-aprendí a convivir con papá, donde volví a jugar con mamá y donde comencé a amar al chiquillo, una noche de luna nueva. Desde entonces lo echo de menos. Al parecer los ángeles desde el cielo están llorando toda mi pena. La vida me está recordando que soy mujer nube, río caudaloso, mujer tormenta. Y siempre mujer que fluye, ahora voy persiguiendo el llamado de la sierra.

Voy y llevo conmigo la siguiente certeza: Genule ta ko, gerkelayafuy ta mogen. Expresión que utiliza el pueblo Mapuche para decir que no habría vida si no tuviéramos agua. 

El Volcán Descabezado, en pleno corazón de la cordillera de Los Andes, parió al Río Claro, el río que humedece mi valle del Maule. De ahí vengo. De ahí soy. A esa tierra campesina le pertenezco. 

En mi retorno eterno a la montaña me enamoré del río Lircay; entre bosque de hualos, roble maulino; aquel río infinitas veces me ha despertado el alma. Cerquita de aquel río es donde quiero construir mi casa. 

Hay un tercer río por el cual me sentí muy llamada, el río Puelo, río color turquesa que nace en Argentina y fluye libre al inicio de la patagonia chilena. Cuando lo vi por vez primera, lloré ante su poderosa presencia. Tuve la suerte de vivir acurrucada a su lado dos veces. Ahí justo donde se derrama y convierte en lago Tagua Tagua. El río Puelo fue mi patio, oyente de mis rezos y secretos, de mis sueños, guardián de mis penas, cómplice de mis alegrías. Feliz volvería a habitarlo una tercera vez. 

Mientras escribo, el agua sigue cayendo desde el cielo y las lágrimas siguen el humilde sendero de mi rostro. La pena sigue estrujando mi corazón. Pena a la que también quiero nombrar como liberación.

¿Por qué sufres pequeña Mila? Porque te enamoraste (otra vez) y te inventaste un puñado de ilusiones. Porque siempre defiendes la libertad del amor y de pronto quieres tomar posesión de otro corazón. Porque con este chiquillo te sentiste en casa y echas de menos aquella extraña sensación. Sufres porque, aunque te cuesta reconocerlo y comprenderlo, en la transmutación de la pena florece el fuego de tu arte, tu esencia. 

Me enamoré de este chiquillo (a quien nombraré en este diario como Silvestre) hace tres veranos. Por aquel entonces los dos vivíamos en Puelo, él frente al estuario y yo en el lago. Nos conocimos mientras hacíamos deo`.

Me enamoré de Silvestre mientras amaba a otro hombre (un compañero dulce, a quien llamaré Ángel).

Me enamoré de Silvestre al instante, vi sus ojos y sentí el palpitar de su corazón. Aquel verano pasamos una noche juntos, dentro de su carpa. Por la mañana nos despedimos y no volvimos a vernos hasta el verano siguiente. 

Mientras regresaba al lago, con el corazón revuelto, luego de esa primera noche durmiendo con Silvestre, le conté lo que había pasado a Ángel, con quien sostenía una relación abierta y a distancia. Hubo un quiebre en aquel momento, en esa relación entre dos lunas en escorpio muchas veces morimos y renacimos. Jamás hubo gritos ni pataletas. Para desenredar los nudos nos comunicamos la gran mayoría de las veces desde el amor. Con Ángel aprendimos a construir una relación libre y sana, respetando los tiempos, silencios, ritmos y espacios del otro.

Al final Ángel se enamoró de otra chiquilla, cuando él vivía en Villarrica y yo en el desierto. Ahí decidí soltar la relación. Fue lo más honesto y leal que pude hacer por los dos. Hoy seguimos siendo amigos y creo que será así en esta y en las vidas venideras.

Retomando la historia con Silvestre, nos encontramos un segundo verano, otra vez en Puelo y otra vez dormimos juntos, una noche. Aquella vez comprendí que Silvestre no estaba emocionalmente abierto y que yo no estaba para relaciones sin apertura.

Al final de aquel verano me rapé la cabeza y me fui sola a la Carretera Austral. Allí encontré paz y me encontré a mí misma. También encontré lluvias y vientos que amenazaban con hacer volar mi hogar viajero.

Después de Silvestre me enamoré dos veces, una en Bolivia y otra en San Pedro. Sí, soy buena para enamorarme, soy viajera y vivo con el corazón abierto.

En diciembre Silvestre me escribió para decirme que le gustaría volver a verme. Llegué un domingo, del desierto a su casa, en la capital. Yo inocentemente pensaba que a estas alturas (tercer verano) ya lo había superado. Pero terminamos haciendo el amor en el estudio de arte de su abuelo.

Nos seguimos escribiendo durante enero y febrero. Esta vez su interés en mí se sentía muy latente. Yo en cambio, me sentía dispersa; y a ratos rabiosa por este destiempo amoroso. 

En marzo nos reencontramos, hicimos el amor en su taller, nos besamos en el Parque de las Esculturas y tomó mi mano por las calles de Providencia. También fue a la presentación de mi libro en Santiago. Estábamos agarrando vuelo y yo tomé mi vuelo de regreso al desierto. 

A fines de marzo me di una voltereta épica, en bicicleta, regresando a mi casa en San Pedro. Datos importantes de la escena: eran pasadas las cuatro de la mañana y yo estaba tan borracha que poco y nada recuerdo. Otro dato importante: llegó un ángel del cielo a rescatarme. Pasé días en el hospital, con una hemorragia en la cabeza y la mitad de mi cara rota. 

La vida quiso recordarme que también soy vulnerable y que es importante que me deje cuidar. Después del hospital me despedí del norte y regresé al Maule, al útero de mi mamá.

Mientras naufragaba en mi viaje de sanación, decidí soltar al chiquillo y a cuanto amor me anduviera rondando, para ocuparme solo de mí. Pero él insistió en venir a verme a la casa de mis padres. Le abrí la puerta y le permití que me hiciera nanai en el corazón. Sentí que lo amaba y deseé volver a dormirme a su lado muchas otras veces. 

Sentí que al fin nuestro amor se había sincronizado y qué regalo más bonito de la vida, cuando dos corazones palpitan al mismo ritmo.

En mayo viajé hasta Chile Chico, para abrazar a mi ñaña. También viajé muy adentro de mí misma. Y al final de aquel viaje los ángeles me recordaron la magia de la vida, en una escena en la que nevaba mientras los huemules me saludaban.

Volví al campo, me quedé quieta una semana y luego partí a la capital a ver a Silvestre. Lo amé en su casa, en la cama y jugando cartas. Quise gritarle que lo amaba y me mordí la lengua, para no asustarlo. Pero en aquel acto, silenciando lo que sentía, me fui infiel a mí misma. 

Hace menos de una semana le escribí una carta. Una declaración de mi amor donde reuní todas las palabras no dichas. Sigo esperando su respuesta. Y al mismo tiempo acepto que el silencio también es una respuesta hermosa. 

Junio 16

Escribo desde el piso del aeropuerto de Santiago. Me siento feliz y agradecida porque sé que se aproximan aventuras y memorias exquisitas. En mi paso fugaz por la capital pude contemplar la cordillera todita nevada. Es un espectáculo muy bonito ese de la gran ciudad rodeada por las montañas cubiertas de blanco.

Silvestre me escribió una respuesta y yo transformé su respuesta en un poema:

Estuve dándole vueltas

y me cuesta imaginar hasta dónde llegaremos 

también me asusta un poco

 

Creo que compartimos eso que dijiste 

de ser (re)bueno pa´enamorarse

y mala(zo) pa`comprometerse

 

Siento cosas lindas aquí dentro

cuando te veo

y al mismo tiempo me gusta echarte de menos

 

Ahora mismo estoy regando mi propio huerto

en un viaje hacia dentro

y no me siento listo

 

Disfruto la libertad y el amor

que nos entregamos 

me acomoda este ritmo ligero

 

Agradezco el día en que te cruzaste en mi camino

y espero que la vida nos siga

reencontrando

Junio 18

No sé si hoy es lunes o martes, sí sé que hay más de 30 grados y que todo mi cuerpo está empapado. 

Ayer, a las cuatro y tanto de la mañana, aterricé en Bogotá y confieso que tomé vino en el vuelo. Con la Cleme, mi abuela, estamos muy de acuerdo en esto: siempre es un buen momento para tomar vino. 

Seis horas de escala en Bogotá me dieron tiempo para comprender lo lejos que estaba y lo linda que es la gente en este país.

En el siguiente vuelo me tocó ventana y no despegué mis ojitos de las nubes. Yo perfectamente podría vivir con mi diario y mi mate dentro de una nube. Elevo mi deseo a las hadas.

Desde lo alto se fue mostrando un paisaje muy verde y retazos de la mar. Es la mar porque para mí representa una fuerza femenina y porque además así no se me confunde con Elmar, el chiquillo alemán del que me enamoré hace un año en Bolivia. 

Cuando bajé del avión me causó mucha ternura ver que el aeropuerto de San Marta fuera tan pequeñito.

Lo primero que pregunté, con inocencia de campesina, fue a qué distancia estaba el centro, porque tengo arraigaba esa costumbre de que puedo llegar a toditas partes caminando. Unos veinte kilómetros, fue la respuesta que me dieron. Solté la idea de caminar y también la idea de irme en taxi. Vi una micro estacionada y comprendí que aquella belleza azul sería mi carruaje. 

En el trayecto hasta la ciudad me fui contemplando las palmeras y el mar caribe. Y sudando todos los pecados cometidos en esta y quizás cuántas otras vidas. Este recorrido me permitió comprender algunas dinámicas de la gente de aquí, quienes son muy amables y al mismo tiempo tienen mucho carácter. Poseen mucho sabor, mucha labia y también tienen la energía y el poder para despertar a todos los demonios del infierno.

Al igual que en Bolivia, hay montones de motos, casi nadie lleva casco y los bocinazos son las señales de tránsito.

Me bajé en el centro. Todo era ruidoso y caliente. Caminé dos cuadras hasta la carrera siete y desde la calle 22 bajé hasta la calle 14. Al fin llegué a la bendita hostal, ya no goteando sudor, ahora chorreando. 

Me deshice de mi mochila y decidí que quería salir, caminar por las calles para orientarme un poco, con la flecha lanzada hacia la playa. Con tanto calor solo lograba pensar en saltar al agua. 

Según mi mapa mental, iba a encontrarme con la mar si caminaba hacia abajo. Pero no, solo fui a meterme a la boca del lobo, donde incluso los pacos colombianos tenían susto. Un hombre salió desde su negocio y me suplicó que me alejara, “aquí es muy peligroso”, me dijo. Por supuesto que le hice caso. Pedí ayuda divina y llegué a salvo hasta la bahía. La cual es un pedazo de playa, chiquitita, repleta de botes. Bonita de noche quizás, pero para nada seductora de día.

Estaba chupeteando un mango cuando llegó hasta mí un hombre (guapo, porque la mayoría de los hombres colombianos lo son). El hombre me invitó a beber cerveza, antes de siquiera preguntar mi nombre. Le expliqué que venía del extremo sur del continente y que por allá los hombres eran mucho más tímidos a la hora de coquetear. Él me explicó que aquí las reglas del juego eran muy diferentes. Reímos y luego me sumergí en el agua tibia y saladísima para dar por terminada la charla.

Me estaba secando, cuando pasó un chiquillo ecuatoriano a sonreirme y darme las gracias por mi linda energía. Hoy comprendí que cuando mis ojos, mi sonrisa y mi alma están brillando, es cuando soy infinitamente linda. Todo lo demás está demás. 

En la bahía me subí a una buseta para llegar hasta las playas preciosas que había visto cerquita del aeropuerto. Y ahí sí llegué al cielo. Encontré árboles, arena blanca y la inmensidad del mar caribe. A mi alrededor había gente jugando, gozando y riendo. Gente bien viviendo. 

Cuando era pequeña me bañaba en la mar hasta el cansancio. No había fuerza alguna que me sacara. Hoy conecté con esa Mila que se siente plena al dejarse sostener por las aguas saladas. 

Permanecí en aquel paraíso hasta que el sol se marchó para iluminar otros lugares. Me estaba poniendo las chalitas (o chanclas) cuando me encontré a don Pedro y le compré un rico peto. Un brebaje caribeño, caliente, a base de leche, maíz, azúcar y canela. Don Pedro me hizo sentir apapachada y en casa. 

Escribí lo siguiente mientras estaba en la playa: cuando llegas a un lugar que no se siente acogedor, queda defender con fiereza la idea de que tú eres tu casa, tu templo sagrado. Viajan junto a ti los ángeles, guías, maestros, ancestros y cada uno de tus rituales de nanai y autocuidado. Nunca estás sola, siempre puedes elegir estar acompañada, ser sostenida y guiada. Siguiendo estos pasos hoy todo se volvió más sencillo. Pedí guía cuando me sentí cansada, asustada y perdida. Y mágicamente aparecieron seres en mi camino para decirme “cambia la ruta”, “no sigas caminando por esta calle porque es peligrosa”, “gracias por tu linda energía”. 

Gracias pachamamita, gracias tribu espiritual, gracias divinidad, gracias alma curiosa.

Nunca estás viajando sola, somos como la mar, las olas, la sal, la arena y la espuma, fragmentos de esta danza en armonía. 

(Tengo una confesión, a veces soy yo la que escribo, otras mis guías me susurran las palabras)

Junio 22

Hubo un día, mi segundo día en Santa Marta, en el que fui a Taganga. Una voz dentro de mí clamaba por huir del ruido de la ciudad y volver a sumergirse en la mar.

Aquella mañana, camino al mercado, recibí una docena de declaraciones de amor. Y no, no me incomodaron, porque fueron narradas con respeto. Nada de “oe guachita rica te chuparía hasta el ala”. Así que respondí a cada una con una sonrisa y un gracias.

Y en aquel mercado, humilde, alegre y abundante, me subí a una buseta rumbo a Taganga, un pueblo de pescadores descendientes de los indígenas Tayrona. Luego de veinte minutos de movimientos ondulatorios, llegué a mi destino. Taganga es un lugar encantador, con mar caribe, bahías, montañas y una caleta. 

Antes de saltar al agua, busqué un poco de sombra y sosiego, así fui atraída por la cafetería de Úrsula, una mujer linda y alegre. Me estaba haciendo chupete una limonada de café, cuando mis ojos se cruzan con unos ojos color agûita caribeña, incrustados en una dorada cara tatuada. Hipnotizados, ninguno de los dos logró esquivar miradas. Yo intentaba descifrar si las líneas negras de su cara eran montañas. Él intentaba descifrar qué palabras utilizar para comenzar el diálogo. Soltamos las risas cuando nos dimos cuenta de que ambos éramos chilenos y poco a poco fuimos desempolvando todo el sabor de nuestra jerga. Jorge, llevaba un par de años habitando estas tierras calientes. Creció en el centro sur de Chile y también vivió en San Pedro de Atacama. 

Mi nuevo amigo insistió con leerme las cartas y yo accedí de buena onda. Sacó su baraja (un viejo naipe español) y me incentivó a preguntar. Y la verdad es que en ese momento de mi vida, relajado y viajero, había pocazas dudas dándome vueltas. Pero él sí tenía un claro mensaje que entregarme. Recuerdo la sota de copas invertida y cada una de sus palabras...

Me despedí de Jorge y al rato Úrsula me mostró el camino hacia la playa de los pescadores. Para llegar a esta playa hay que bordear la caleta, subir por un pequeño sendero (donde me crucé con tremendos lagartos), bajar y aterrizar en el paraíso jipi, de viajeros, buzos y pescadores. 

Me desprendí de la ropa y fui a reencontrarme con la mar. El agua salá siempre me sana, espero que este aprendizaje nunca se me olvide. Creo que una de mis siguientes misiones será vivir cerquita de Yemanyá (orisha asociada con la mar, la maternidad y la fertilidad). 

Me estaba secando al sol cuando se acercó a mí Manuel, quien se presentó como guardián de la playa y me dijo que podría traer mi carpa y quedarme a vivir en este paraíso cuando quisiera. 

Aquella noche regresé feliz a mi casa pasajera. 

A la mañana siguiente me desperté temprano, me di una buena ducha para sacudirme el sudor nocturno y salí a caminar por las calles coloridas de Santa Marta. En la Plaza de los Novios fui seducida por los gatitos de un café, allí me senté a comer arepas con cebolla, tomate y huevo (una mezcla típica de acá).

Más tarde regresé a la hostal y pasadito el mediodía caminé hasta el mercado, cargando mi mochila, porque se avecinada un nuevo movimiento.

Casi llegando al mercado un hombre me sonrió y me dijo “mi amor yo la vi a usted ayer pasar por aquí y me enamoré”. Le conté de dónde venía y hacia dónde iba; él me deseó mucha buena suerte para mi viaje. Agradecí aquel fugaz encuentro. 

En el corazón del mercado me sentí dentro de la vega de Santiago, pero con sabor caribeño. Compré yucas, piñas y romero. Luego me instalé en la esquina de carrera 9 con calle 11. Aquel era el punto acordado para encontrarme con Sofi y su madre. A Sofi la conocí a través de una videollamada hace una semana, por aquel entonces yo estaba en Talca y ella en Pereira. Ahora que disolvimos la distancia nos toca re-conocernos en presencia.

Esperé casi una hora, quizás más y en la espera me fui haciendo parte del lugar, amiga de los mototaxistas, de quienes vendían tinto (café) y de los callejeros que naufragaron. Tengo ese don, heredado de mi abuela,  a donde sea que vaya, siempre hacerme amiga de la gente.

En la espera recibí una nueva declaración de amor, de un caballero sin dientes y con un corazón bien abierto. Uno de mis nuevos amigos me ofreció su celular para llamar a Sofi y así supe que me estaba esperando en carrera 11 con calle 9, la misma dirección pero al revés. 

A los pocos minutos reconocí unos ojos color miel, eran los ojos de Silvana, la madre de Sofi. Yo ya conocía aquellos ojos, no sabía exactamente de dónde, pero habitaba en mí la certeza de que ya nos conocíamos.

Las tres nos embarcamos en el bus rumbo a la sierra. Viajé contemplando el paisaje, que se fue tiñendo de un verde más espeso, más profundo, más frondoso, más seductor. Las canciones de la Muchacha fueron otra vez mis compañeras de viaje. 

Bajamos del bus y respiramos vida y humedad. Yo quería correr y abrazar la selva, pero nos quedaba largo viaje, selva adentro. Montamos motos hasta la casa de Marta y en su patio  almorzamos mojarra (pescado) y papas fritas con patacones. Todo abundante y sabroso. De aquel escenario recuerdo un pozo, varios árboles de plátano y algunas gallinas. Marta tiene unos ojos, un alma y unas manos hermosas, estos son los fragmentos que más amo contemplar en la gente.

Después de aquel almuerzo comprendí que podría comer patacones cada día de mi vida. Sentí lo mismo con la selva, ese llamado a habitarla para siempre. Hace un año estuve en la selva de Bolivia y me sentí también en casa.

Nos despedimos de Marta y seguimos nuestros caminos, las tres. Para alguien que tiene tan arraigada la costumbre de viajar “sola” es una cosa muy novedosa de pronto ser tres. Fui sintiendo la apertura, el llamado a la integración. Despertando la conciencia de que somos en red, tal como el micelio. 

Seguimos el sendero, sierra arriba, con la flecha puesta en la reserva Taorayiná.  Caminando nos fuimos reconociendo. Sofi es una mujer cálida, sabia y abierta. Silvana también lo es, pero para llegar a ella se necesita más paciencia; quizás sea algo que le enseñaron los años, eso de ser más cuidadosa, es algo que estoy aprendiendo, a danzar entre la inocencia de mi niña y la sabiduría de mi abuela. Creo que por mucho tiempo he sido una mariposa, que revolotea y sueña en el cielo, pero a veces esta forma de vivir me hace olvidar el habitar el cuerpo, encarnar y cuidar el templo. Si hoy soy capaz de ver todo esto, es porque voy por buena senda (espero).

Subiendo mis compañeras de viaje me invitaron a mambear. En este ritual se une el ambil (una pasta de tabaco que representa el masculino) con el mambe (hoja de coca convertida en polvo que representa el femenino). Lo percibí como un ritual similar al de coquear o tomar mate, porque la idea es compartirlo y dejar que fluya con claridad la palabra. 

Cada vez más inmersa en el bosque fui conectando con las briófitas, líquenes y hongos de la selva. En mi cabeza resonaban las enseñanzas de mi ñaña y de Ángel. 

Mientras subíamos y subíamos, sudábamos y sudábamos. Entonces Sofi me enseñó un nuevo concepto, sacrificio: sacro oficio. Palabra que proviene del latín sacrificium, que se forma de sacrum (lo sagrado, lo que pertenece a los dioses) y facere (hacer, llevar a cabo). En la antigüedad esta palabra describía un ritual de ofrenda a lo divino. De aquí en adelante tiene este mismo significado para mí (y espero que también tenga más sentido para ti, que estás leyendo esto).

Tardamos casi dos horas en llegar a casa, la reserva Taorayiná, la abuela sabia. Allí nos esperaba Juan Pablo y la magia de la marimba (instrumento musical de origen africano). No lo había escuchado antes en esta vida, pero mi cuerpo lo reconoció de vidas pasadas.

Dejé la mochila en mi cabañita, con techo de palma y una pequeña terraza que me conecta al bosque. Luego me fui a dar una ducha. Siempre he pensado en la ducha como un poderoso ritual para limpiar y sanar, pero aquí este sentir se desplegó hasta el mismísimo cielo, porque es una ducha abierta desde donde puedes palpar la selva, ella te contempla y tú la contemplas a ella. Sí, quiero una ducha así cuando construya mi casa. 

Ya bañadas nos reunimos en la maloca (una construcción circular, de uso comunitario, típica entre los pueblos de la Amazonía). También quiero una maloca en mi casa, donde todos nos reunamos en torno al fuego y donde los viajeros puedan colgar sus hamacas.

Aquella primera noche dormí profundo, bien refugiada bajo el mosquitero. Los siguientes días se sintieron como un sueño dentro de otro sueño. Y me ha costado aterrizar lo vivido en palabras, aquí va mi primer intento: 

Fui parte de un retiro de mujeres, Yira (agua en wiwa, lengua ancestral de estas tierras). Creamos un círculo sagrado de seis mujeres, cada una fue mi hermana, maestra y espejo. Toda esta película se fue rodando en medio de mi voluntariado en la reserva, donde fui invitada para ser guardiana de la selva. Hubo una mañana en la que despertamos con yoga y luego nos reunimos en la maloca para recibir las palabras de Saumako, un mamo Wiwa (líder espiritual de la comunidad). El pueblo indígena Wiwa es uno de los cuatro pueblos que habita en la Sierra Nevada de Santa Marta, junto a los Kogui, Kankuamo y Arhuaco. Saumako tiene la piel morena, el pelo largo y viste de blanco. Con paciencia nos fue compartiendo su cosmovisión sobre el origen del universo. Me quedaron resonando algunas de sus enseñanzas, como el hecho de que hay que sembrar cristales, como ofrenda a la ñuke mapu y con la misma devoción hay que sembrar nuestra sangre y también la esperma. Nos despedimos de Saumako y nos adentramos en un viaje guiado por la medicina de hongos mágicos. Minutos antes Silvi me sopló rapé y vi otra vez el despliegue de mis alas de mariposa; las  había visto por primera vez hace un año, en las yungas de Bolivia. Siguen siendo naranjas, mis lindas alas, de mariposa, de hada, de mujer que vuela. El hongo entró a abrirme el corazón y a disolver el ego. Fue un viaje maravilloso, la selva me estuvo hablando todo el tiempo, despertando la belleza de mi ser, porque soy una creación divina (al igual que tú, que estás leyendo esto ahora). La selva me fue susurrando sus secretos “te estuve llamando, esperando, me alegra mucho tenerte de regreso en casa querida hija, siéntete merecedora de toda la gracia de este paraíso”. Recuerdo infinitas mariposas azules revoloteando, como las que había visto en Tumupasa. Logré mirar todo a mi alrededor con ojos de amor, incluso a mí misma. Así quisiera mirar(me) siempre. En un momento sentí cerca a Caramelo, mi amigo colombiano, ángel caído del cielo. Él me habla con la misma ternura con la que me estaba hablando la selva. En mi viaje intenté conectar con Silvestre y lo sentí lejos, muy lejos y no estoy hablando de distancias físicas; entonces decidí soltarle y enviarle amor, mucho amor. Te amo, te perdono, te libero. También vi a mis hermanas hadas danzando alrededor del fuego. Sentí una conexión profunda con Silvana y reconocí sus ojos, había soñado con esta mujer la última noche que pasé en el campo. Vibré nuestro magnetismo. Pude ver la gran maga en la que se está convirtiendo Sofi. Vi la danza sabia y sagrada de Yeini. Vi el silencio poderoso de Claudia. Vi cómo Caro fue reconociendo su belleza y abriendo sus alas. Y vi a Juan Pablo como un duende verde y musical. La marimba despertaba lo mejor de su ser. De pronto se abrió un portal y Silvi nos invitó a cruzarlo, entre la sabia corteza, las ramas vertiginosas y el verde inagotable de las hojas de los árboles. En aquel momento la vi a ella convertida en la diosa pachamama y los abuelos comenzaron a hablar a través de su voz: oro, abundancia, somos merecedores de toda esta magia. Palpé mi alma en este viaje y espero nunca volver a soltarla. 

Fui descendiendo de las nubes, aterrizando en estado de presencia y comencé a preparar la cena. Cuando estoy en la cocina me siento una con la Cleme, mi abuela. Yo soy otro tú y tú eres otro yo. 

Por la noche tomamos cacao, cantamos y danzamos alrededor del abuelo fuego, en trance gracias al ritmo del tambor. 

Junio 28

Un día, no tengo idea cuál, me tocó despedir a mis amigas. Cerrar este círculo y en paralelo dejarlo abierto en otro plano. Luego me despedí de Juan Pablo, mi anfitrión. Y entonces comenzó otra aventura, la de permanecer en la selva sin compañía humana. Sí con compañía elemental y espiritual y con la dulce compañía  michi Natalia. 

La primera noche le canté al fuego. Me metí a la cama temprano y logré pegar ojo tipo cuatro de la mañana. Sentí la selva atravesando mi mosquitero. La segunda noche volví a encender al abuelo fuego y toqué la guitarra. Comprendí que mi soledad quería que la llenara de juegos. Logré dormir más horas. Yo he pasado noches solas durmiendo en mi carpa en medio de bosques y aguaceros sureños, pero aquí todo se siente diferente, nuevo, desconocido, lo que me atrae tanto como me asusta.

Tenía muchas ganas de estar en la selva sola y ahora que estoy lo más que tengo es ganas de compartir este paraíso. Comprendo y acepto que somos una red interminable y que la separación no es más que una ilusión del ego. Cuando he necesitado un apapacho, he invocado la presencia de Silvestre dentro de mí. No logro explicar cómo ni porqué, pero él se sigue sintiendo casa. Y tengo también otras casas donde refugiarme, amigos, amores, tribu. 

La tercera noche me mudé a la cabaña vecina vecina, para llegar a ella hay que subir por una escalera, desde lo alto tiene vista a la selva y a la mar. La mayor bendición es que se cierran todas las puertas. Me sentí mucho más a salvo, pero el café y la furia del viento espantaron mi sueño.

Esta mañana mi encantadora amiga Christine me envió un mensaje que quiero atesorar aquí, porque me recordó todo lo que soy y hacia dónde voy. “Si una no es vulnerable pienso yo que una no puede ir aprendiendo con el corazón abierto. Qué rico que es tener tiempo para contemplar y vivir en el momento, tiempo para dar las gracias. Yo cada día doy las gracias, por mi casa, por mis niñas, gracias por Cristina. Gracias por tener este espíritu abierto, sigo aprendiendo. Gracias por mi hogar, mi familia, mis amigos y mis amigas. Gracias por los amores de mi vida. Estoy aprendiendo también que podemos mandar paz a las personas que pasaron por nuestras vidas, que quizás ya no queremos pasar más tiempo con ellas, pero siempre le podemos enviar luz y amor. Ojalá que ellos encuentren lo lindo de la vida. Yo estoy tan orgullosa viendo lo que estás haciendo en la selva, admiro como estás viviendo. Eres una mujer muy fuerte, llena de sorpresas y no te cambies amor mío, no te cambies. Sigue con este camino tuyo, escribiendo, yendo adentro, conociendo gente, sonriendo, con tu corazón abierto. Qué belleza que está viviendo esta vida a tu manera, lindísima. Hay pocas personas que lo hacen Mila. Estás aprendiendo todo esto a una edad muy joven creo yo. Hay tanta gente que no siente la magia que nosotras sentimos. Estamos en este mundo físico y al mismo tiempo habitamos este otro mundo, eso es lo rico”.

Junio 30

Anoche dormí delicioso, con lluvia y la compañía de mi querida amiga gata. Agradezco sus ronroneos y caricias. Siento que en este momento la michi es mi guardiana en el plano físico.

Hoy mis ojitos se abrieron a las cinco y tanto de la mañana y se encontraron con los primeros destellos de día. Vi como el sol rojo fue emergiendo desde el mar azul. Luego regresé a la cama y tuve sueños revoltosos. Me costó hacer regresar a mi alma del plano astral. Una taza de café lo compuso todo. Aunque siendo bien honesta conmigo y con este diario, me siento algo perdida, en este viaje y en la vida. Me sangran los pies de tanto rascarme las heridas. Quizás sea momento de dejarlas tranquilas.

Me voy al mat, confío en que si muevo las energías estancadas en mi cuerpo, encontraré la paz.

Julio 1

Hoy decidí retornar al movimiento. Es momento de ir afuera y jugar. He aprendido que cuando la vida comienza a incomodarme, me está pidiendo que me mueva. Mañana dejaré Taorayiná. Me están jalando de otros lugares. Me siento tan llena y agradecida de todo el amor que me ha obsequiado la selva y esta sagrada abuela. Con la misma intensidad siento pena por desprenderme y volar. Sé que me espera mucha magia allá afuera. También sé que echaré de menos este bosque caribeño caliente y valiente. Prometo llevarlo dentro siempre y volver. Gracias por acogerme, sostenerme e iluminarme. Gracias selva por llamarme hasta aquí y empaparme toda de ti. Quizás vuelva acompañada, porque en ti aprendí que el paraíso ha de ser compartido. Ahora comprendo a Adán arrancándose una costilla o quizás a Eva pariendo a Adán, como sea, ahora comprendo mucho más.


                                                                                                                                                   

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