Del valle del Maule a la Sierra nevada (segunda parte)



                                                                                



 

Julio 5

Volví a pasar por esa racha de vivir mucho y escribir poco. Y aquí, con la matriz refugiada en la arena, contemplando casas y palmeras, sintiendo la vibración de la mar, llegó el momento para comenzar a decantar. 

Desde pequeña he sentido a la escritura como una forma de canalización, un diálogo íntimo con lo divino. Las palabras son parte esencial de mi ritual y de mi propósito en esta vida.  

Cuando bajé de Taorayiná me quedé una noche en la hostal Origen, casi llegando al río. Va siendo el lugar más lujoso de toda mi estadía en Colombia; de ese lujo confortable, sábana blanca impecable, techos de palmera,  hamacas, terraza para practicar yoga y desayuno incluido con cafecito y arepas.

En esa hostal conocí a dos chiquillas, Priscila y Manu. La primera, una mexicana sabia en el goce y el placer. La segunda, una francesa que estudió ciencias políticas y que ahora tatúa. 

Me pasé la tarde flotando en la piscina, viendo la luna crecer. Me fui temprano a la cama y me dormí profundo y rico. Me sentí a salvo.

                                                                                                                                               Julio 8

(Un 8 de julio, hace 24 años, llegó desde las estrellas a esta tierra sagrada mi ñaña, compañera de vida, de juegos y de aventuras. Te amo siempre mi Chaura, gracias por tanto amor. Gracias por guiarme e inspirarme con tu misión y tu don, dríada guardiana de los bosques australes) 

Escribo desde Santa Marta, la ciudad más antigua de Colombia, donde llegué sola hace tres semanas y esta vez tengo la fortuna de recorrer sus calles en compañía.  

Necesito retroceder en esta historia, hasta Palomino, en la Guajira. O incluso antes, cuando me despedí de la selva y le canté una canción de Violeta: 

Por la mañanita pañuelo blanco

Pañuelo blanco te he de lavar

Por la nochecita cariño grande

Cariño grande te he de brindar

Siempre he sido de danzarle a la vida, pero esta vez me sentí tan inmensamente agradecida que necesité cantarle a la floresta. Creo que me pasaré la vida entre bosque sureño y bosque caliente. En medio de la humedad verde y frondosa en donde me siento más viva. 

Después del canto crucé el río y me senté a la orilla de la carretera a esperar el bus. Ahí llegó a meterme conversa un hombre, quien me hizo ver que tuve mucho coraje para permanecer una semana sola en el monte. 

Me subí al bus y me senté casi al final. En el viaje fui feliz contemplando el paisaje, la mar caribeña con sus aguas celestes. Mi corazón saltaba en una pata por tanta belleza.

Al llegar a Palomino bajé por la calle 10, sudando como siempre en esta bendita sierra, hasta llegar al nuevo portal, hostal Casa Río. Allí me estaba esperando mi nueva tribu. Los primeros en hablarme fueron Duncan, un chiquillo escocés que venía de estudiar en México, y Camila, una colombiana trotamundos.  

Cami es una sirena surfista y skater, rubia y de ojos celestes. Lo que tiene de hermosa lo tiene de aventurera. Duncan es alto, gentil, curioso, abierto y divertido; de pelo castaño, arito en la ceja y ojos como los míos. 

Al rato aparecieron otro par de ojos celestes, de Ika, la chiquilla alemana y géminis, siempre transparente, tan dulce como distante. Luego apareció Ido, un chiquillo tarzán de Israel, con quien intercambiamos pocas palabras y algunas señas. 

También estaba Mica, la chica italiana, de melena y piel dorada, despampanantemente hermosa, con quien el primer día solo nos dijimos  "hola".  

De casa Río me falta presentar a los anfitriones, Juan de Medellín y Juan de Bogotá. Ambos seres muy agradables, el primero re piola y el segundo repleto de energía. 

Acomodé mis cosas en la hostal y caminé hasta la playa.  Palomino es uno de esos pueblitos jipis con gran magnetismo y alma propia. Uno de esos pueblitos donde una llega y se pone a pensar en la posibilidad de quedarse a vivir o al menos darle rienda suelta a la idea de regresar muchas otras veces.

Caminé infinitamente hacia la izquierda, hasta encontrar una playa dorada y suave, donde me senté a presenciar las olas. También a aterrizar mi alma viajera. Me sentía tan llena de monte, que necesité invocar y despertar a la Mila playera. 

Una pelirroja con pañuelo azul y libro me distrajo de las olas. La miré varias veces, admirando su belleza, la que irradiaba desde adentro hacia fuera. 

Poco a poco me fui convirtiendo en sal y horizonte. Pasé un rato danzando con las olas, flotando, agradeciendo y rezando. Cuando regresé a la arena la pelirroja se acercó para decirme que le parecía muy hermosa. Le sonreí, le di las gracias y le devolví el piropo.  La sentí como una mensajera, porque entre tanta colombiana hermosa y chiquilla europea de piel bronceada, y con mi útero sangrando, no se me estaba dando fácil eso de sentirme linda Sus palabras despertaron en mí el mensaje que había recibido en la selva: eres hermosa, eres divina, fuiste creada perfecta. 

Mientras caminaba de regreso a la hostal me crucé con Manu, la francesa que había conocido un día antes en la hostal Origen y planeamos salir juntar por la noche. También le escribí a mi amigo Maluco, un viajero brasileño que conocí en el norte de Argentina y con quien volví a coincidir varias veces en Bolivia. Maluco llevaba un tiempo habitando Palomino.

Manu pasó a buscarme pasadas las nueve. Esta sería mi primera noche de fiesta en Colombia. Me puse unas calzas negras cortas y me amarré una pañoleta de seda, color chocolate, para cubrir las tetas. Había empacado ligero y no tendía muchas prendas para regodearme. Por la abrumadora humedad caliente no había caso con el maquillaje, ni siquiera con intentar enroscarse las pestañas. En el últimotiempo he aprendido que unos ojos brillantes y una sonrisa amigable son mucho más poderosos que cualquier tipo de cosmético. 

Caminamos con Manu por una callecita oscura y de tierra, la que me recordó a San Pedro. Sí, hay mucho de Palomino en San Pedro y viceversa. 

El corazón de Palomino se resume en una calle al natural llena de música, sabor, artesanías, café y bares. También me recordó a Samaipata. 

Maluco me estaba esperando, nos abrazamos un largo rato, había pasado mucho viaje y aventuras en la vida de ambos desde la última vez que nos vimos, en las yungas de Bolivia. 

Maluco se convirtió en nuestro guía nocturno. La primera parada la hicimos en María Mulata, un barcito exquisito donde hay música en vivo, se baila salsa y se regala café y agua. Mis caderas se menearon y menearon, como un péndulo revoltoso, mientras el sudor fue recorriendo todo mi cuerpo. Mi corazón estaba extasiado de felicidad y mi pañuelo amenazaba con dejar mis tetas al descubierto. Pero en aquel sublime momento no importaba nada más que el baile. 

Partí bailando con mi amigo Maluco, quien tiene más rimo de zamba que de salsa. Luego bailé con un chiquillo de Cali, quien supo guiarme y hacerme girar como un remolino. 

La siguiente parada de la noche fue una jam, donde un puñado de músicos de reunieron a improvisar. Fui hipnotizada por los instrumentos de percusión. Mi corazón arde cuando oye tambores. 

Después de la jam caminamos hacia la playa, donde todas las noches se forma una fiesta en la que suena reguetón y música electrónica, pocazo mi ambiente la verdad, a mí denme salsa y tambores toda la vida. 

Luego de la fiesta en la playa yo estaba lista para irme a la cama, pero mis amigos querían más. Aquí se viene una escena densa y oscura que no quiero revivir con palabras. Una escena que me recordó que en Colombia hay mucha más violencia de la que en mi inocencia imagino. 

A la mañana siguiente lo primero que hice fue dar las gracias por estar a salvo y darme una ducha para limpiar todo lo malo. Me vestí y no le conté a nadie de la hostal lo que había pasado. 

El Juan enérgico había organizado una cata de café. Se reunió la tribu a probar los granos cosechados en la sierra. A mi lado se sentó Mica, la chica italiana. Aquella vez sí hablamos y planeamos encontrarnos en la playa más tarde. 

Después de la cata me quedé un rato conversando con Duncan y luego caminé por la playa en busca de Mica. La encontré en la arena, tejiendo. Hablamos por horas, conectamos tan profundo como el océano. Mi nueva amiga me hizo un montón de preguntas sobre los misterios de la vida, fue tomando nota de mis respuestas y concluyó que yo era su mensajera.

Mica creció en el norte de Italia, a los 17 vivió en China y al terminar este viaje volverá a vivir en Alemania. 

En nuestra charla pude sentir el alma de Mica queriendo despertar y al mismo tiempo sentí mi alma también despertando. Me vi, auténtica y fluida tejiendo la palabra ante una "desconocida". En aquel momento comprendí que vínculos así son los que quiero nutrir, donde pueda ser toda yo y no tenga que ocultar partes de mí por miedo a ser juzgada. 

Fui conmovida por la certeza de que con Mica nos conocemos desde mucho antes. Cuando le pregunté al oráculo de los ángeles por nuestra conexión, me mostraron la carta Manifestación. La ley espiritual de manifestación nos ayuda a crear, desde lo más profundo, energía y experiencias que nos conducen hacia una mayor realización y propósito. 

Mica es otra yo, tal como se ha estado revelando en todo este viaje, al reencontrarme con fragmentos de mi familia álmica. 

Luego de la playa nos fuimos a almorzar con Mica a la casa de una mujer amable, humilde y abundante. Cominos pescado frito, patacones, arroz y ensaladas por menos de cinco lucas. Cuando pronuncié que todo estaba "exquisito", Mica me dijo que en Italia usaban un montón esa palabra y que era primera vez que la oía en su vuelta latinoamericana.  Reímos. 

Más tarde nos encontramos casualmente con Duncan y con Gersey, el chico de Cali. Mientras caminábamos compartimos pandebono, un pancito pequeño y esponjoso, originario del valle del Cauca, cuyos ingredientes principales son la tapioca y el queso costeño. 

Hicimos una parada en la hostal de Gersey, donde dos chiquillas españolas preparaban tortilla de papa. Conecté con una de ellas, me contó que estuvo viviendo en Cochabamba (Bolivia) en el último tiempo. No recuerdo el nombre de la chiquilla, pero sí su energía de mujer sabia. 

Entre conversaciones chistosas y bizarras con Duncan y con Gersey, descubrimos que los tres teníamos números maestros como números de sendero, 11, 22 y 33. El 11, número de Duncan, representa al mensajero iluminador; el 22, número de Gersey, representa al maestro constructor; y el 33, mí número, se asocia con el maestro sanador. 

Al terminar la velada me fui a la cama tan contenta como volada. 

Por la mañana emprendimos una caminata hacia el río con Ika, Juan (el piola) y Duncan. Caminamos más de una hora siempre bordeando la costa y tomando agua de los cocos que caían del cielo. En esta travesía nos conocimos un poco más con Ika, a través de un español lento y paciente, porque yo no hablo inglés ni alemán y ella está aprendiendo mi lengua. He comprendido que cuando hay intención y apertura, las lenguas se entienden. Alguna vez le hice deo´en la Carretera Austral a una pareja que no hablaba ni una miguita de español, en un lugar en el que no había señal para recurrir a traductores, y nos entendimos gracias a puras señas y buena energía.  

Caminando y hablando con Ika nos dimos cuenta de que ambas habíamos estudiado comunicación social, que no nos interesaba el periodismo tradicional ni trabajar para el sistema; y que así como a mí me apasiona la escritura, lo de ella es la fotografía. 

Llegamos a ese punto extraordinario en el que las aguas del río San Salvador se entregan a la mar caribeña. Y allí nos pasamos el día tomando sol, nadando en aguas dulces y saladas, comiendo pescado con arroz de coco y patacones. Hay escenas a las que le quieres poner play una y otra vez, porque te recuerdan la magia de la vida, para mí este recuerdo forma parte de esa película feliz y genuina. 

Julio 10

Voy a dar un salto en el tiempo para desenredar lo que estoy viviendo y sintiendo ahora. He pasado las últimas doce horas esperando en el aeropuerto de Cartagena. Mi vuelo despegaba anoche, pero cambiaron su horario dos veces y finalmente lo cancelaron. 

Pasada la medianoche no me quedó más remedio que acurrucarme entre los asientos azules y entregarme al sueño. He dormido en lugares mucho peores que este, en uno de mis regresos a Puelo se me hizo tarde, muy tarde, y no me quedó de otra que dormirme en un paradero de Cochamó. Recuerdo que aquella noche me abrigó mi saco y mi fe. 

Desperté a las tres de la mañana, cuando inició el movimiento en el aeropuerto. Me fui en busca de un tinto (café) y a pedir que me solucionaran lo del vuelo, porque me reasignaron uno para las cinco de la tarde, horario en el que despegaba mi vuelo de Medellín a Lima. 

Al final todo salió bien, casi siempre es así, ¿o no? Por un momento sentí que Colombia no me quería dejar ir y la verdad es que a mí también me costó desprenderme de aquel territorio alegre, al que deseo volver muchas otras veces. Fue aquí donde reaprendí a saborear la experiencia terrenal, a danzarla con magia y soltura, a dejarme querer. Donde comprendí que no hay nada más espiritual que encarnar con presencia esta vida. Donde agradecí ser mujer, hembra, útera creadora y creativa, cíclica, misteriosa, hechicera, hija e la luna, mensajera de las estrellas.  

Julio 15

Escribo desde el campo, desde el útero de mi madre, desde la sabiduría de mi abuela. Sigo soñando con la selva y el caribe, día tras día y noche tras noche. Siento que le pertenezco, así como le pertenezco a otros lugares, a otras personas, a otros amores. Hubo una época, no tan lejana, en la que quise trascender, salirme del cuerpo,  volverme fragmento y desparramarme sobre cada pedacito de tierra y cada corazón al que había amado. ¿Cómo puedo seguir viviendo y conectando con todo al instante? Cierro los ojos y siento a Dios. Cierro los ojos y conecto con la energía divina. Puedo sentirte, abrazarte, acariciarte, palparte, aunque estemos lejos. La distancia es física y mental, no espiritual. A veces podemos estar tan lejos estando tan cerca y viceversa. 

Regreso a mi historia, me quedé flotando entre las aguas dulces y salás`de Palomino. Aguas sanadoras. Allí comprendí que ya pronto me toca irme a vivir a una playa o a una isla. He habitado bastante el desierto en los últimos años y una parte de mí desea compensarlo. 

Después de mucho gozar la vida emprendimos el regreso a casa. Fui sintiendo como el sol me tostó la piel. No sé porqué, pero contemplar las palmeras detonó en mí aquel sentir de pertenencia. Se bien que a la Sierra Nevada de Santa Marta, corazón del mundo, le pertenezco, desde las costas caribeñas hasta la nieves perpetuas. 

Ese día, al caer el sol, con Ika saltamos otra vez al agua. Luego en la playa, con Duncan, comimos paletas de helados de chocolate y castañas; mientras intercambiamos relatos de nuestras culturas. Mi nuevo amigo me pintó Escocia como un lugar de paisajes tan bellos, como oscuros y fríos. Yo solo sé que cerca de esas tierras se esconde Avalon, el reino de las hadas. No le mencioné este dato a Duncan, para que no me creyera loca, pero sí le conté cómo se sintió haber crecido en el campo chileno. 

Por la noche nos reunimos en Casa Río a preparar la cena en comunidad, la cual dio como resultado una mezcla exótica entre ceviche de mango, lentejas, arroz de coco y nuestra versión de patacones.

Después de comer Gersey me contó un montón de historias sobre Cali, relatando tanto lo luminoso como crudo y oscuro. Y me entregó su perspectiva de la vida en Colombia, profundizando en las guerrillas, los desplazados y las muertes. Para mí es sencillo enfocarme en lo hermoso, pero lo cierto es que hay mucho dolor debajo de todo este calor acogedor. Por ahí leí que los extremos siempre se tocan, el infierno, el paraíso...

Por la mañanita del día siguiente compartimos el café y luego terminé de leer El Indio Interior, de Silfo Cifuentes. Un relato testimonial de un hombre que dejó su disfraz para ir en busca de la vida auténtica, cortando patrones con el mundo occidental, para adentrarse en la sabiduría y cosmovisión de la comunidad indígena Kogui.

Dejaré por aquí un extracto del libro:

"No, no estás solo. Llórale, llórale. Allí está el absoluto poder; el poder del espíritu está por encima de todo poder. Llama, pide, creyendo (fe). Y ese poder, esa conexión te libera, te limpia. Transforma toda esa energía negativa en luz para tu alma. Y todo se vuelve paz. Literalmente parece fácil, pero no lo es. Sabemos que cuando tenemos un problema mental o emocional , el mismo problema nos encierra en una cárcel donde damos vueltas y vueltas como león en jaula, sin obtener ningún resultado que solucione o libere. Sino, más bien empezamos a sentir un agotamiento debido al desgaste psicológico y emocional, que es el desperdicio de energía de la cual se alimenta el negativo que nos tiene cautivos. Cuando la energía negativa ha tomado cuerpo, es decir, se ha vuelto una entidad etérea, llámese ira, envidia, lujuria, toma poder sobre ti, sobre tu voluntad, sobre tu entendimiento. Literalmente tú no puedes ver, pierdes tu fuerza, te agotas. Si necesitas ayuda: llama, pide, clama; es una conexión con tu dios interno, con Dios de tu maestro interno, de su esencia con el Cristo. Es un acto de fe, un acto alquímico. podría llamarse cuántico, porque se cambia el estado de la energía y entras en un estado de paz; puede suceder de inmediato o en varias secciones". 

Julio 17

En la playa Mica me preguntó en qué somos espejos, le hice saber que ella fácilmente puede ver la magia que irradia desde otras personas y que a veces olvida admirar la magia que hay dentro de sí misma. Quizás ese sea nuestro mayor espejo. Se lo comuniqué con dulzura. También nos espejamos en ser curiosas, amistosas y valientes. 

Le comenté que había observado un par de ocasiones en las que a su mente le había ganado la ansiedad y la inseguridad. A mí también me pasa de vez en cuando, y respirando profundo vuelvo a mi estado natural de calma, también me repito mantras y observo mis pensamientos, impidiendo que estos me desarmen. En los días más difíciles, me pongo frente a un espejo, me miro a los ojos y me hablo con la misma ternura con la que le hablaría a mi ñaña y a mis amigas. 

Luego de revelarle estos misterios a Mica, dibujé un sol y una luna en la arena; y me fui corriendo pilucha hacia la mar. Me sentí plena, libre y en paz. Así es como deseo vivir, libre y a la vez sostenida. Ya no quiero más esa coraza masculina de tener que ser siempre fuerte e independiente. Quiero crecer y crear en tribu, en comunidad. 

Al regresar a la hostal me quedé un rato conversando con Cami. Me contó que lleva un montón de años viajando y que como buena libra siempre se enamora y al final siempre se va, dice que aún no ha aprendido a quedarse, pero que ya siente esas ganas. Le apunté que existe una tercera opción, que la acompañen en su viaje. Su siguiente viaje será hacia África y luego desea comprometerse con el viaje de echar raíces. También me he estado sintiendo llamada por ese viaje. Y esto no quiere decir que nos vayamos a transformar en un árbol (al menos no en esta reencarnación), pero sí pausar por un rato la vida nómada para construir, para crear, para gestar, para ver crecer. 

Por la tarde la tribu comenzó a dispersarse hacia nuevas rutas, Primero fue el turno de Ika y Duncan. Luego vino la despedida entre Cami y Mica, las cuales se amaron y conectaron tanto en esta última semana, que transformaron su adiós en una tormenta. 

Sostuve la mano y el corazón de Mica y nos subimos juntas en el bus que nos llevaría a Santa Marta. Seguimos con los dedos entrelazados las siguientes tres horas de viaje. Agradezco mucho esta enseñanza que me regaló Mica, la caricia entre amigas. 

Llegamos de noche a la ciudad y por suerte ya no se oía aquel bullicio revoltoso que recordaba. En la hostal nos estaba esperando Duncan. Más tarde salimos a dar una vuelta los tres. Santa Marte con amigos se sintió un lugar mucho más lindo. Luego de varias cuadras andadas y de una parada por comida callejera, nos sentamos en un boliche a jugar cartas y beber cerveza. Mis amigos también sabían jugar a la escoba y a la brisca, pero con otras reglas que me hicieron girar y girar la cabeza. Fue una noche divertida. Al llegar a la hostal me quedé un rato meditando y agradeciendo en soledad. 

A la medianoche me fui a la cama y a las tres de la mañana ya estaba despierta, con todas las ganas de comenzar un nuevo día. A las seis me metí a la ducha y esperé a que mis amigos despertaran. A las ocho desperté a Duncan, me ganó la impaciencia. Desayunamos arepas con huevo, pan de bono y un tinto callejero. Más tarde nos refugiamos en una cafetería del centro a seguir jugando cartas. 

Por la tarde me despedí primero de Mica y luego de Duncan, con la certeza de que volveremos a coincidir en otros senderos. Lo más bonito de todo este viaje y lo que más agradezco fueron los encuentros, con mis hermanas en Taorayiná, con la selva, con la mar, otra vez con Maluco y con mis amigos en Palomino. También me encontré a mí misma, porque siempre me pierdo y siempre en un viaje me encuentro. 

De Santa Marta me fui a Cartagena de Indias, lugar que recuerdo como una burbuja de colores vibrantes, repleta de arte y de turistas, donde se contrasta el lujo y la pobreza. Algo de Cartagena me hizo pensar en Valparaíso. Y la verdad es que Valpo no tiene nada que envidiarle a la joyita caribeña. 

Una noche salí a cenar sola y me sentí más turista que viajera, hasta que empecé a conectar con la gente lugareña. Ahí me cayó la teja de que para mí el viaje representa conexión y expansión, apertura y aprendizaje, rescate de historias antiguas y nuevas. Es el viaje el que siempre me llama y mi alma la que sabe hacia dónde me lleva. 

Gracias, gracias, gracias <3

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