Del desierto a la Amazonía boliviana (primera parte)

 

 

Esta historia comienza con un llamado de un territorio, donde los rituales no son recuerdos, son presente; donde cada montaña es un abuelo y los lagos son guardianes de memorias. Una tierra sagrada, tan cercana como lejana, donde la rebeldía se eleva con voces de lenguas antiguas. Una tierra que es tejido vivo, donde no se pisa, se aprende a pedir permiso antes de andar. Aquí te comparto mi historia recorriendo Bolivia.



Mayo 14

Desde el norte de Chile crucé un umbral invisible hasta llegar al norte de Argentina, de San Pedro de Atacama a Salta, la linda. Fueron doce horas de viaje donde me repetí como mantra "mi corazón es mi casa". 

Llegué por la noche directo a refugiarme en una hostal, en calle Mitre. Me dormí entre cumbias y agradecí haber viajado con mi saco, porque hacía frío y las frazadas escaseaban. Por la mañana recé por tres minutos en la ducha, hasta que salió agua caliente. Me vestí, agarré mi mochila y me fui en busca de una nueva hostal. Encontré una quinientas veces más acogedora por el mismo precio, en calle Balcarce, también en el centro.

Ahora sí ya estaba lista para recorrer las calles de Salta, para dejarme llevar por su arquitectura colonial y luminosa. Mi primera parada fue en la Plaza 9 de julio, donde encontré una catedral teñida de rosa y un ritmo suavecito. En calle Belgrano, el pulso de la ciudad se fue agitando.

Seguí caminando hasta ser hipnotizada por una montaña de amatistas, las que me recordaron un sueño de la noche anterior. Ahí me quedé un rato conversando con Chicho, un artesano y viajero argentino.

En calle Sarmiento di con el Museo de Bellas Artes, donde conocí la obra de Gertrudis Chale, una austriaca pintora y viajera. Trudis decía que se nace varias veces y que el lugar de nacimiento de una persona es un dato sin relevancia. En 1930 llegó a Argentina, donde despertó su fascinación por el mundo andino, realizando largos y extensos viajes por Salta, Bolivia, Perú y Ecuador. Conocer la esencia de aquella mujer viajera y artista fue la parte más inspiradora de mi día.

Mayo 15

Anoche salí con Ale y Sol, dos amigas de Mar de Plata, que tienen diez años más que los míos y las mismas ganas de aventura. Las conocí en la hostal y me invitaron a su noche de chicas y cervecita. Llevé a la cita a Eva Luna, de Isabel Allende. La verdad es que me cuesta andar por la vida sin un libro y sin un diario. Ale se quedó mirando la portada, sonrió y me contó que su emprendimiento se llama Eva. 

Fue una noche divertida y me sentí hablando con amigas que conocía desde hace muchos años. Creo que esta es una de las ventajas de vivir con el corazón bien abierto, el conectar al instante, diluyendo las barreras del tiempo.

A las siete y media de esta mañana pasó a buscarme Marcelo, para llevarme en un tour hacia Cafayate. Pocas veces (y me atrevería a decir yo nunca nunca) tomo tour, pero por precio y comodidad esta vez me súper convenía.

Marcelo es un guía salteño, geminiano, de unos sesenta y tanto, con una labia impecable. Mis compañeros de viaje resultaron ser todos argentinos y simpáticos. Hice muy buenas migas con Celia y su madre Carmen, viajera de 84 años, de quien aprendí que no hay edad límite para explorar el mundo.

Intenté dormir mientras íbamos en viaje, pero Marcelo hablaba hasta por los codos y poco a poco comenzaron a mostrarse encantadores paisajes, cerros anaranjados entre verdes valles; rocas esculpidas con infinitas formas: un fraile, un pingüino, un castillo, el perfil de un mono.

La primera parada fue en la garganta del diablo, un portal rojizo que por supuesto me recordó a la garganta de San Pedro. Luego nos detuvimos en el anfiteatro, pasando primero por un túnel de artesanos, donde volví a encontrar la montaña de amatistas, esta vez aún más similar a mi sueño.

El anfiteatro es una estructura de roca con paredes altas y curvas, moldeada por el viento y el agua. Su gracia es que al ser semicircular el sonido rebota y se amplifica de manera increíble, transformándose en un escenario natural. Allí nos esperaba la magia de la música andina, fue un momento para dar gracias y suspirar.  Pude ver el brillo de los ojos de Carmen, tampoco hay edad límite para deslumbrarse.

Al salir pasamos nuevamente por el túnel de artesanos. Un brasileño, que tiritaba de frío, me dio las gracias por la calidez de mi sonrisa. Aquel ser fue Maluco, un amigo con quien volveré a encontrarme varias veces en este viaje.

Al mediodía llegamos a Cafayate, un pueblito turístico y sencillo donde cada día reina el sol. Se dice que su nombre deriva de la lengua kakán, de los pueblos diaguitas que habitaban la zona, siendo “caja de agua” o “lugar donde se recoge el agua” algunas de sus traducciones.

Mayo 19

Pasé un par de días más en Salta, entre cafecitos, medialunas, museos y leyendo Una habitación propia de Virginia Woolf, escritora británica y precursora del feminismo, quien defendió la idea de que una mujer necesita independencia económica y espacio propio para crear.

Bolivia comenzó a llamarme con más y más fuerza, así que el viernes por la noche agarré un bus y partí hacia Tarija. En el bus me hice amiga de Carlos, un caballero de setenta y tantos, de madre artista, padre militar, cuatro hijos y trece nietos. Me dormí acurrucada entre las historias de mi compañero de viaje, desperté a las tres de la mañana para cruzar la frontera y seguí durmiendo.

A las seis llegamos a Tarija, donde me despedí de Carlos, quien me quedó mirando preocupado e insistió con apuntar mi número. Carlos me recordó a Adriano, un viejo amigo escritor y enamorado.

En el terminal me subí a un taxi y luego de diez minutos llegué a la hostal Patas y Perros, la cual queda justo frente al mercado. Esta hostal es una casona colorida, con escaleras y balcones digna de una princesa andina. Me preparé un té y me senté a esperar que el resto de la casa despertara.

Al primer ser de la hostal que vi aquella mañana fue a Elmar, un chiquillo alemán más rusio que el sol, quien al principio me fue del todo indiferente. Luego me encontré con Leidy, una chiquilla boliviana de sonrisa y piel cálida, quien me acompañó a dar mi primer paseo por la ciudad.

En Tarija se combina lo colonial con lo sencillo. La primera parada la hicimos en el mercado, donde una encuentra sabor, olor a frutas jugosas y sahumos, colores hipnóticos y calor. Me compré un jugo de zanahoria y remolacha por 4 bolivianos (equivalentes a quinientos pesos chilenos). Luego pasamos por la plaza Sucre, el castillo azul, el parque Bolivar, la casa dorada, una feria y terminamos donde empezamos, almorzando en el mercado.

Anoté en mi diario los siguientes platos: saice, ranga, picante de lengua, sopa de maní, pataska, falso conejo. Los releí muchas veces, como recordando un conjuro. Casi todo llevaba carne, menos la arverjada, un guiso a base de arvejas, cebolla, papas fritas y huevo, bien sabroso. Para mojar la garganta elegí un jugo de mocochinchi (palabra que viene del quechua muqunchinchi y significa pasa de durazno, lo que en buen chileno sería huesillo), Mi guatita quedó llena y mi corazón contento por menos de dos lucas. En aquel mercado tarijeño comencé a enamorarme de la abundancia de Bolivia.

Ya de regreso en la hostal me dormí una buena siesta y al despertar comencé a conectar con los seres que temporalmente la habitaban: Tom, Lara y Elmar, cada uno con una historia y dulzura especial. Confieso me gusta mucho mirar los ojos azul celestes de Elmar.

Por la tarde jugamos a vestirme con blusas tarijeñas de antaño. Elmar eligió una para su hermana Antonia y yo me regalé otra, blanca y con vuelos. Luego cenamos todos juntos, un guiso de verduras que preparó el chiquillo alemán. Confieso que a estas alturas yo ya me estaba enamorando. Cómo puedo enamorarme tan rápido dios santo.

Por la noche salimos a bailar, con Tom y Lara. Leidy nos esperaba en la discoteca. ¿Planeaba yo ir a bailar a un antro en Bolivia? No, pero fui arrasaba por las circunstancias y no me arrepiento de nada.

Tom sabe bailar con el corazón y Lara sabe sonreír con alma. 

Una curiosidad es que con Lara llevábamos casi el mismo corte de pelo, rapado hace un par de meses. Bailando y bailando nos descubrí coqueteando. Ella preguntó si podía besarme y asentí. Nuestras bocas encontraron un ritmo perfecto. ¿A cuántas chiquillas había besado yo antes en la vida? A un par, jugando. Con Lara se sintió diferente, mucho más profundo. Creo que cuando hay conexión, besar se convierte en un tipo de meditación en movimiento.

Más tarde nos apuntamos a un concurso de baile y ganamos una jarra de ron. Fue una de esas noches inolvidables. Regresamos de madrugada a nuestro hogar temporal, tomadas de la mano.

Mayo 20

Con Lara seguimos siendo amigas, lo de aquella noche divertida fue un hermoso paréntesis en nuestra amistad, creo que ella representa un espejo de mí misma, de apertura, ligereza, curiosidad y valentía.

Estaba tomando mates con mis amigos (antes de venir a Bolivia, Elmar pasó por Argentina y enganchó con el mate) cuando pasó a buscarme Carlos, mi amigo de setenta y tantos. Almorzamos en un elegante restaurante italiano, comí ñoquis con pesto y él canelones; ambos bebimos vino. Carlos me abrió su corazón y yo abrí mis oídos. A las tres de la tarde nos despedimos.

Ya en la hostal me senté en el balcón a contemplar el ajetreo de la calle en contraste con la calma del cielo. Y seguí tomando mates y seguí escribiendo. Luego salí a perderme, a perseguir la luna, hasta encontrarme de nuevo.

Por la noche cenamos arroz con curry y jugamos cartas. Me sentí en casa, en familia.

Esta mañana fui al mercado, al museo y a la biblioteca. Luego me divertí dibujando con Elmar. Hablamos sobre vidas pasadas, su hermano que ya no está en este plano y almas que se reencuentran. Espero que pronto encuentre paz en mis certezas.

Ahora mismo estoy de guatita al sol en el campo, en Bellavista, a las afueras de Tarija. Lara, Tom y Roberto andan en el cerro en busca de Huachuma. Este lugar me recordó mucho al Estero, donde vivía la Cleme con el tata, donde creció mi mamá y donde jugué tantas veces con mi ñaña. 

Me siento en paz, en casa, agradecida.

Mayo 22

Escribo desde Muyuquiri, una comunidad rural ubicada en Camargo, comuna que queda entre Sucre y Tarija. Para llegar aquí hay que retroceder un poco en la historia, hacia mi última noche tarijeña, la cual fue una noche de ñoquis, vino y amigos. Quienes me conocen saben bien que me gusta mucho el ritual de reunirnos en comunidad y hacer ñoquis, esta última cena con mis nuevos amigos no fue la excepción.

Con Lara y Elmar fuimos a abastecernos al mercado y luego metimos las manos en la masa. Poco a poco comenzaron a llegar los invitados y nos multiplicamos por tres hasta convertirnos en nueve. Fue una noche encantadora. El vino me ayudó a aceptar que definitivamente me sentía muy atraída por Elmar y que nada haría yo al respecto, porque le llevo diez años. Una no elige de quien enamorarse. 

Al día siguiente desperté nostálgica, porque me tocaba partir y no quería, pero había un voluntariado en Camargo que me estaba esperando. Desayuné con Tom y las miradas cómplices de Elmar. Me despedí de todos con largos abrazos. Me subí al taxi con el corazón en la mano y me dejé llorar, tanto de pena como de alegría.

Mayo 24

Bolivia se divide en nueve departamentos, Camargo pertenece al departamento de Chuquisaca, capital de la provincia de Nor Cinti.  Si lo miramos en el mapa, aparecerá al sur del país, entre Sucre y Tarija.

Para llegar a Camargo me subí al final de una carcacha que iba más cargada que mula de arriero. Fueron cuatro horas de ahogo y curvas revoltosas. Estuve a punto de caer en la tentación de los vómitos en más de una ocasión y resistí a punta de pura gracia divina.

Pasadas las cuatro de la tarde llegué a mi destino, tierra de sol, de vino y de singani; de casas rojizas y cerros anaranjados; de cholitas con polleras a la altura de las rodillas.

Lo primero que hice al aterrizar fue continuar mirando todo con ojos curiosos e ir tomando notas en mi máquina de escribir imaginaria. Lo segundo, fue comprarme un cono de helado, de maní y maracuyá, por menos de una luca, el cual recuerdo como uno de los más exquisitos helados que he probado en mi vida.

Lo tercero, fue averiguar cómo llegar a Muyuquiri, lugar que según me contaron quedaba pasadito Tocaquira. La verdad es que me tomó una semana poder pronunciar aquellas localidades sin que se me enredara la lengua.

A veintitantos kilómetros de Camargo se encuentra Muyuquiri, Recorrí esos kilómetros en trufi (taxi de ruta fija), rodeaba de personitas risueñas y amables. Al bajar del truji me dijeron que “ahicito no más” estaba la casa de la mama Blanca. Me pasé casi una hora dando vueltas entre huellas rurales sin encontrar tal casa.

Lo peor fue que no aparecía nadie para preguntarle. Aló, aló, ni un alma. Aló, aló, nada de nada. Ni perro que me ladrara. Sí encontré una escuela, vacía por el horario, cuando la luz del día ya me estaba abandonando. Luego choqué con una pared de adobe y decidí saltarla, del otro lado estaba la casa de la mama Blanca.

Aún no le tenía cara a mi anfitriona, pero imaginaba a una mujer mayor, adorable, de largas trenzas, chalequito y pollera; pero no, mi anfitriona a quien llamaremos doña H, resultó ser una acuariana de cincuenta y tantos, con tatuajes y el cabello corto como el mío. La mama Blanca era su madre, quien dejó este plano hace algunos años.

Doña H es comunicadora social (como la que escribe) y cambió su departamento en Sucre por una vida en el campo.

Mayo 26

El sol de la mañana dibuja hojas sobre mi diario. A continuación iré narrando acontecimientos desde el caos, porque a veces el caos se transforma en un espacio creativo, y porque siendo muy sincera, cuando vivo mucho en tan poco tiempo, me cuesta hallar el momento para detenerme a escribir.

La casa de doña H es adobe, pintada de blanco, con tejas y corredores; muy similar a las casas de mis tías que viven en el campo, en las localidades rurales de Pencahue.

Para un almuerzo doña H nos cocinó sopa de maní vegetariana y qué cosa más wena. Un par de veces desgranamos maíz y lo tostamos. Por las mañanas nunca faltó el mate.

En la primera visita al pueblo juntas, doña H me regaló un api, un brebaje caliente y denso hecho a base de maíz morado, canela y azúcar. Sí, Bolivia me ha estado seduciendo por la guatita.

Una tarde llegó Lara a la casa de la mama Blanca. Caminamos hasta el río, que casi no lleva agua y nos sentamos sobre la tierra, al amparo de un gran árbol.  Más tarde hicimos deo` hacia Camargo. El pueblo estaba de fiesta y atiborrado de visitantes. Con Lara nos instalamos en la plaza principal a contemplar cortos y documentales, una exposición de nuestro amigo Roberto, a quien conocimos en Tarija.

Regresamos al campo por la noche, sobre una flota (bus), donde conocí a un caballero amable y sabio quien quiso compartirme un montón de historias. Al despedirnos me reveló que había pensado que con Lara éramos misioneras, “misioneras del amor” le respondí riendo.

Confieso que cuando Lara me coquetea, me pongo torpe. Lara es valiente y sabia, me doy cuenta de que me vuelvo valiente y sabia estando a su lado, y al mismo tiempo me siento como una adolescente naufragando entre sus primeros amores. El español de Lara es casi mejor que el mío, porque pasó un año viviendo en Perú. Esto me gusta mucho de los alemanes: se esfuerzan por aprender las lenguas de los lugares que habitan (al menos así han sido los que me he encontrado).

Cuando me preguntó por libros, le recomendé Brida de Paulo Coelho. Veo mucho de Brida en Lara. También veo mucho de Brida en mí misma.

Una noche Lara tocó mi puerta, quizás para besarme o quizás para pedirme pasta de dientes. Nuca sabré porque sentí miedo y no abrí. Por la mañana no tocamos el tema. Mientras ella practicaba yoga, yo preparaba el desayuno. De pronto se acercó y me preguntó si aceptaba su compañía, ella siempre pregunta este tipo de cosas…

Un día nos despedimos, ella seguía su viaje hacia Tilcara (norte de Argentina). Le regalé una amatista y una sonrisa. Ella me regaló mi primera historia de amor en Bolivia.

Una tarde entré a la iglesia de Camargo y me enamoré de las esculturas de ángeles. Un abuelito, que estaba rezando, me agarró la mano y me preguntó si me había gustado su iglesia, la cual había sido restaurada recientemente, “muy bonita” le dije. Tan bonita que por poco me quedo rezando ahí con él o meditando o pronunciando mantras.

Ayer por la mañana visité la viña San Pedro, una hacienda colonial que fue el corazón productivo de una de las bodegas más distinguidas del antiguo Alto Perú.

Al entrar en aquella casona blanca, imponente por sus gruesos muros de adobe y a la vez cálida por su adorable tejado, fui envuelta por una época lejana. Recuerdo un patio central, grandes puertas, techos altos, vigas a la vista, cuadros del año de la pera, pisos gastados, antigüedades bien conservadas, vasijas de barro y una gran terraza con vista a cerros colorados.

En aquella casona fue donde probé por primera vez el singani, un destilado de uva elaborado con una uva aromática llamada Moscatel de Alejandría. Confieso que me pareció mucho más agradable que el pisco y el aguardiente. También probé el chuflay, un cóctel que mezcla singani, con ginger ale y limón. Me contaron que el chuflay debe su nombre a la expresión “shoo fly”, usada por los ingleses para espantar las moscas de sus vasos.

Hice este recorrido junto a tres mujeres (de entre cincuenta y sesenta) oriundas de Oruro. Entre singani, chuflay y risas nos hicimos amigas. Más tarde almorzamos en el pueblo, que seguía de fiesta y terminamos bailando cuecas. Por aquí también se baila cueca, pero más saltadita. 

Después de almuerzo partimos a la viña Cepa de Oro, esta vez a probar vinos (y una es wena pal vino, a mi abuela nunca le ha faltado el tinto en la mesa y ya está por cumplir los noventa). En aquella viña conocí un vinito que me encantó tanto como los besos de Lara, elaborado a partir de la uva vischoqueña, cepa criolla andina, resultado del cruce natural entre una uva blanca y la negra criolla; lo que da como resultado un vino tinto ligero, con notas frutales y florales.

Por la noche regresamos las cuatro medias chambreadas a la casa de la mama Blanca, prendimos fuego y terminamos jugando yo nunca nunca.

Mayo 28

Son las seis de la tarde, escribo desde la cocina de la mama Blanca. La falta de luz junto al incremento de frío invitan a meterse en la cama temprano. Los días son calientes, me he llenado de sol; en contraste las mañanas y las noches son frías. Es un clima parecido al clima invernal del desierto de Atacama. Ese clima donde una se siente apuñalada por nostalgias.

Para el almuerzo comimos majao, un plato tradicional de Bolivia que mezcla arroz con charque, cebolla, ajo y especias. Se sirve con plátano o yuca y huevo frito. Doña H me preparó el majadito en versión vegetariana. Doña H es más bien una mujer distante, un gato de monte y de silencios; quien me ha ido demostrando su cariño a través de la cocina.

La sobremesa fue la siguiente escena: cuatro mujeres, sentadas en el suelo, desgranando maíz. Maíz para el mote, maíz para las gallinas, maíz para volver a sembrar en la tierra.

Y para la hora de once, la Máxima (una mujer de pollera y trenzas que trabaja para doña H) preparó phiri (un menjunje mucho más denso que el api). La versión de la Máxima lleva harina maíz, queso, canela, azúcar y agua. Es una preparación andina sencilla y muy sabrosa.

Mayo 31

Ayer me despedí de Muyuquiri y luego de cuatro horas de viaje llegué a Sucre, la capital Constitucional de Bolivia. Este país tiene dos capitales, La Paz es la otra.

Las semanas que llevo viajando he estado compartiendo espacios, entre hostales y voluntariado, aquí en Sucre arrendé un departamento para mí sola. Creo que se vienen días de explorar, leer en calzones, tomar vinito y pololearme.

Mi hogar temporal queda en calle La Paz, a unos veinte minutos caminando cuesta arriba desde el centro. En Sucre todo es cuesta arriba o cuesta abajo, como en Valparaíso, como en Chiloé, como en Caleta Tortel.

Sucre es una ciudad luminosa y serena, con su arquitectura colonial perfectamente conservada, repleta de iglesias, cafecitos, miradores y mucha historia. Fue aquí, en La Casa de la Libertad, donde en 1825 se firmó la Independencia.

Esta mañana visité La Recoleta, un mirador (que es iglesia y convento) desde donde pude contemplar toda la ciudad.

Luego me adentré en el Museo de Arte Indígena, donde viajé hacia la raíz, entre tejidos llenos de memoria y paciencia, ofrendas, cestas, cerámica, palabras en quechua, belleza ancestral. Cada fragmento allí expuesto fue creado por las manos y el corazón, para acompañarnos durante toda una vida (e incluso más). El museo tocó mis fibras más sensibles y me deshice en llanto. ¿En qué momento la ambición, el dinero y el ego destronaron al amor, la sabiduría y el arte? ¿Cuándo vamos a despertar de este mal sueño de rapidez y besos plásticos? ¿Cuándo volveremos a habitar y respetar la tierra dejando que ella también nos enseñe y nos habite?

Junio 2

En la Casa de la Libertad conocí a una de las heroínas de Bolivia: Juana Azurduy. Mujer mestiza, nacida en 1780, en el Virreinato del Río de la Plata. De joven aprendió a montar y a disparar armas. Luego de la revolución de 1809 en Chuquisaca, se unió a la lucha junto a su compañero Manuel Ascencio. Allí comandó tropas, muchas de ellas formadas por indígenas y campesinos. En 1816 el general Manuel Belgrano la nombró teniente coronel, algo impensable para las mujeres de la época. Juana presenció la caída de su esposo en combate y perdió varios hijos, aun así, siguió luchando. Murió en 1862, entre pobreza y olvido. Hoy es símbolo de resistencia indígena y popular, siendo reconocida como generala tanto en Argentina como en Bolivia. Juana es uno de los emblemas de la lucha por la Independencia Sudamericana.


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