Del desierto a la Amazonía boliviana (segunda parte)
Junio
3
Hoy
me reencontré con Elmar aquí en Sucre. Sí, en este diario los viajeros se reencuentran.
Concertamos la cita para las diez de la mañana en La Recoleta. Llegué quince
minutos antes, lo que me dio tiempo para respirar y continuar leyendo El
Alquimista. A la hora indicada sentí la llegada de su presencia. Vestía una
polera blanca y un pantalón de cotelé rojo. Su mirada seguía siendo celeste y
transparente. Sonreímos, primero con los ojos, luego con los labios y nos dimos
un abrazo.
Permanecimos
sentado frente a frente, refugiados entre solemnes columnas, intercambiando
historias y mates. Me contó sobre su estadía en Potosí, un ojo de agua, una
mujer triste y un diablo rojo. Al rato nos echamos a andar hacia la Plaza 25 de
Mayo, donde subimos hacia la gran terraza del Palacio de Gobierno. Allí
contemplamos la luz de la ciudad y jugamos a abrir puertas prohibidas.
Regresamos
a la calle, compramos chocolate (cosa que en Sucre es una exquisita experiencia
cultural y sensorial), nos detuvimos en un café, para luego seguir atravesando
puertas y calles, hasta llegar al cementerio (un lugar verde, de siluetas y
belleza silenciosa). En aquel escenario volvimos a dialogar sobre la fe. Al salir
del cementerio nos adentramos en calles al azar, hasta despedirnos. No sé si
volveremos a vernos. Solo sé que sí quiero.
Ahora
mismo son pasaditas las tres de la tarde y escribo desde la terraza del
Palacete de Guereo, una casona señorial del siglo XIX, diseñada por el
arquitecto Suizo Antonio Camponovo. Tuve que trepar por una larga escalera en
espiral, tallada en cedro, para llegar hasta su cima. Y desde aquí el paisaje
se ve mitad jardín verde y mitad ciudad blanca. Me siento en paz y en calma,
acogida por las ruinas de la elegancia y el silencio.
Ayer
por la mañana fui al Museo del Tesoro y me enamoré de la bolivianita (o
ametrino), un cuarzo en el que se mezclan la amatista (color violeta) y el
citrino (amarillo, anaranjado, dorado). Esta unión ocurre de forma natural
gracias a los cambios de temperatura durante su formación bajo la tierra.
Al
mediodía partí hacia el mercado. El tercer mercado que recorro en Bolivia y me
sigo sorprendiendo por sus colores, amor, honestidad y abundancia.
En el
mercado compré ocas (un tierno tubérculo andino), un ramito de manzanilla, piña
y un jugo verde levanta muertos.
Más
tarde me senté en la plaza a leer y embriagarme de sol. Desde ahí subí hasta la
azotea de la iglesia San Felipe Neri. Me senté en posición de buda meditando y
seguí leyendo; así me encontró Elmar. Charlamos, reímos y meditamos juntos.
Luego bajamos a la plaza y repetimos la escena. Y cuando el sol se escondió,
nos refugiamos en un café (hay un montón de cafeterías mágicas escondidas en
Sucre). Por la noche nos despedimos con uno de esos abrazos que no quieren tener final.
Confieso
que me estoy enamorando, no solo de Elmar, me enamoro de la Mila que emerge a
su lado, me enamoro del viaje, me enamoro del romance, me enamoro de la vida,
me enamoro de Sucre, me enamoro de Bolivia.
Junio
6
De El
Alquimista aprendí que “todo está escrito y todo puede ser cambiado”.
Son
las nueve de la mañana y yo ya hice mis 21 saludos al sol, mi meditación y mi
paseo matutino por la ciudad. En este momento de mi vida soy una mujer Alondra,
una avecita mañanera.
…
Desayuné
en una cafetería de cuentos, blanca por fuera, por dentro azulada, en calle
Potosí. Luego caminé hasta La Recoleta para encontrarme con Elmar. Tomamos mate
y me enseñó a jugar kniffel, un juego en el que se lanzan dados para lograr
combinaciones específicas, como tríos o escalas. Reímos, comimos chocolate y
nos llenamos de sol. Gané dos de tres partidas.
Más
tarde caminamos por la calle de los gatos hacia el Palacete de Guereo y nos
adentramos en su gran jardín o pequeña selva. Allí nos sentamos a meditar, a
leernos intuitivamente las manos, a mirarnos profundamente hasta reconocernos.
Fuimos
tentados por la cafetería del lugar, otra cafetería de cuento, emplazada en
medio de un jardín de hadas. Hicimos elecciones muy diferentes y compartimos todo.
Elmar me contó más detalles sobre sus hermanos y yo le conté detalles sobre mi
infancia en el campo. Reímos fuerte porque unas gallinas cacareaban y
cacareaban en algún techo. De pronto Elmar se puso serio, me miró de esa forma
en la que me desnuda el alma y me contó que hace un tiempo había dibujado esta
escena, lo recordó por mis ojos.
Regresamos
a la calle y caminamos hacia el centro. Le enseñé el significado de la palabra
“travesura” y la vida quiso que se la mostrara con acciones. Entramos a una
iglesia (en Sucre hay casi una iglesia por cuadra), abrimos una pesada puerta y
llegamos a un patio. Cerré la puerta y nos quedamos atrapados. Me dolieron las
mejillas por tanta risa. Estuvimos largo rato navegando entre pasillos oscuros, sotanas de
curas, paredes de adobe y escombros. Hasta que encontramos una puerta que nos
devolvió la esperanza de la libertad, puerta que nos condujo hasta el
mismísimo altar de la iglesia. Caminamos desde el altar hacia la salida con
naturalidad y amplias sonrisas, atravesando una docena de mujeres que nos
observaban perplejas.
Ya
afuera soltamos las risas. “Esto es el significado de una travesura Elmar”, le
dije. Compartimos una medialuna, paseamos por el mercado central y a sus
afueras nos despedimos. Le agradecí por toda la diversión de hoy. Creo que
ahora comprendo lo que somos: compañeros de juego.
Junio
8
Viajar,
amar y escribir es lo que hago y quiero seguir haciendo. Ahora soy capaz de
verlo, de aceptarlo y de agradecerlo. Lloro mientras escribo esto, no sé si de felicidad,
de nostalgia, de pena o de deleite por misterio revelado. Después de tanto
andar, de tanto perderme, de tanto buscarme, al fin me voy sintiendo en casa,
dentro de mí misma y también fuera.
Antes
de que se acabe la tinta de mi lápiz, quiero relatar el día de ayer. Desperté a
las siete, leí en la cama, hice mis ritos tibetanos y saludos al sol, me duché
y me puse la blusa blanca que compré en Tarija, esa que me hace sentir como una
princesa andina. Escuché afirmaciones positivas y salí a la calle. Me senté en
un café a desayunar y a atesorar la vida en mi diario. Entre palabras y
palabras el tiempo se fue volando, almorcé una ensalada de quínoa y bebí una
cerveza ipa. Luego me fui a leer a la plaza.
Al
rato apareció el chiquillo, nos miramos y sonreímos. Cuando lo miro puedo
sentir cómo sonríe mi corazón. Fuimos por un helado, que compartimos mientras
subimos las escaleras hacia la Recoleta. Jugamos kniffel otra vez y volví a
ganar. Bendita sea la suerte de principiantes. Aunque la verdad es que compartir un pedacito de mi vida con Elmar ya se siente como ganar. Vimos el atardecer y la llegada
de la noche, con su luna nueva.
Caminamos
hacia el centro y pasamos a comer pizzas (que fue mi antojo). Luego nos fuimos
a sentar a la plaza. Allí nos quedamos contemplando a los seres que danzaban y
fuimos desenredando ovillos existenciales.
Elmar
me prestó su cortaviento y me fue a dejar hasta el departamento. Él vive (momentáneamente)
en dirección contraria. Luego de que nos despedimos sentí ese impulso de correr
tras él, detenerlo, mirarnos a los ojos y darle un beso. No hice nada de esto.
No por falta de valentía, ni por miedo a que me creyera loca, no hice nada para
no asustarlo, recuerden que le llevo diez años…
Junio
10
Necesito
escribir. Llorar y escribir. Sangrar y escribir. Vivir y escribir.
Domingo
por la noche. Acordamos cocinar y cenar en mi departamento. Él llegaría a las
seis. A las 18:36 bajé a buscarlo, intuí
que se había perdido. Piso uno, se abre el ascensor y allí estaba Elmar. Lo
sentí abrumado, por culpa del retraso. Sonreí y le dije que todo estaba bien.
Subimos
y al cruzar la puerta se quitó las zapatillas. Volvió a disculparse otro puñado
de veces. Le conté que en Chile es normal llegar tarde a todas partes.
Desde
el balcón vimos cómo se fueron encendiendo las luces de la ciudad y luego nos
refugiamos en la cocina. Improvisamos un revoltijo de vegetales salteados, con
ocas y bebimos vino. De fondo sonaba la playlist que le hice. Sí, cuando me
enamoro hago playlist. Cuando me desenamoro, también.
Cenamos
en el balcón y seguimos bebiendo vino. Lo noté ausente. Al rato me confesó que
estaba pensando en su hermano y en todas las maravillas de la vida que se había
perdido. Su hermano se suicidó a los 21. También viví una de esas
pérdidas al empezar la adolescencia. Las preguntas atormentan, en mi caso los
años me fueron revelando las respuestas. Encontré mucha paz en cada libro de Brian Weiss que he leído, empezando por Muchas vidas, muchos maestros.
Pasamos
las siguientes horas mirándonos, tambaleando en una magnética ola de coqueteos
y complicidad. Jugamos a adivinar las luces y sonidos de la ciudad. Cuando me
di cuenta de que se hacía tarde, le ofrecí quedarse. Lo meditó un momento y
aceptó.
Decidimos
compartir la cama. Se quitó casi todo la ropa y lo abracé, sintiendo el calor
de su piel. Él acarició mi mano. Experimenté en carne propia lo que siente un volcán antes de hacer erupción.
Permanecimos
en aquel limbo de ternura y deseo por un largo rato, hasta que nuestros labios
se encontraron. Justo ahí, apagué la mente. Yo ya había soñado con la escena
que vino luego.
Nos
dormimos acurrucados, mi útero lo agradeció, también mi corazón. Luego de un
rompimiento (de esos que estremecen) y de un romance inestable (que dolió), me
estaba abriendo otra vez al amor, y lo estaba haciendo en medio de un viaje;
donde se acrecienta la sensación de que la única certeza y lo único real es el
presente, el efímero aquí y ahora.
Esta mañana
nos quedamos regaloneando en la cama. Le relaté mis sueños y él me dijo que no
soñó nada, y que suele ser de esas personas que sueña mucho. Desayunamos pan con
palta, huevos revueltos y mates en el balcón.
Le
enseñé a jugar cara de caca, mientras seguimos mateando. Comimos chocolate,
nuestro placer compartido, e hicimos el amor muchas otras veces tan solo
mirándonos.
Me contó
que mañana dejará Sucre para continuar con su viaje. Que se irá a acampar unos
días a no sé dónde. Se me apretó la guata y el corazón. Dejé de escucharle. Qué
fugaz puede ser el amor... Pero mientras lo escriba, puedo atesorarlo y
revivirlo infinitas veces.
Nos
despedimos con un último beso frente al ascensor. Al cerrar la puerta me deshice en
llanto.
Me
pasé la tarde viendo películas románticas, llorando y menstruando. Estaba lejos
y no había nadie para consolarme, pobre niña. Al caer la noche me reí de mi
misma, porque ni al terminar con mi último ex había llorado tanto. Quizás
cuántas penas traía acumuladas en el corazón…
Me
gusta llorar casi tanto como me gusta escribir, casi tanto como me gusta
bailar. Son formas de liberarse, de manifestar con el cuerpo la palabra no
pronunciada.
Ahí
vamos. Aún no sé hacia dónde, pero sé que me están llamando.
Junio
13
Estoy
en Samaipata, sentada en un café, rodeada de plantas. Aquí conocí hace un
instante a Almendra, una encantadora viajera chilena. Ya iré compartiendo los
detalles.
Samaipata
significa “lugar de descanso entre montañas” en lengua quechua. Es un pueblo pequeño y fascinante, muchas
cosas de aquí me recuerdan a San Pedro de Atacama: las calles de tierra, las
casas de barro, la gente jipi caminando. Aunque alrededor todo es verde y no
veo volcanes, la esencia es similar.
Ayer
fue mi último día en Sucre. Inicié la mañana con yoga, mate y meditación. Por
la tarde metí mis cosas en la mochila y José Luis de Cochabamba me llevó hasta
el terminal. Al llegar me senté en el suelo a contemplar el caos. Mi flota se
retrasó una hora, así que invoqué paciencia. Estaba muy decidida a dejar Sucre
y continuar con el viaje. Habitar la ciudad blanca sin Elmar me estaba llenando
de mil quinientas nostalgias.
Fueron
seis horas de viaje en las cuales logré dormir a ratos. Bajé a las tres de la
mañana de la flota, en plena carretera. Para llegar al pueblo tocaba caminar. Sentí
ese vértigo de no saber hacia dónde iba ni qué se venía. Agradecí el aire
tibio, porque al menos no moriría de frío.
No tenía señal y sí una vaga idea de hacia dónde seguir caminando.
Llegué hasta una iglesia y allí le pregunté a un hombre por la hostal que
andaba buscando. ime llevó en su auto hasta la puerta del lugar, Elias fue
un ángel lleno de gentileza que rescató a esta viajera en apuros. Doy gracias
porque siempre aparecen estos ángeles en mi ruta.
Cuando
llegué a la hostal seguía siendo de noche. Bajé las escaleras en silencio y me
acurruqué en una hamaca, bien abrigada por mi saco. Y allí me dormí feliz y
agradecida por estar a salvo.
Esta
mañana, en mi primera vuelta por el pueblo, me encontré a Almendra. Y pude
sentir que era uno de aquellos reencuentros de almas.
Gracias
Universo. Gracias Pachamama. Gracias, gracias, gracias.
Junio
15
La
madrugada del jueves llegué a Samaipata. El jueves por la noche, mientras me
derretía en la hamaca entre ronroneos de gatos, llegó a meterme conversa Janik,
un simpático chiquillo alemán, que dominaba un perfecto español con un toque de
acento argentino. Janik me invitó a dar una vuelta nocturna por el pueblo y
dije que sí. Últimamente digo a casi todo que sí. Su energía me recordó mucho a
la de un chiquillo del que me enamoré hace un montón de tiempo: dinámico,
hiperactivo, disperso.
Janik
es escalador y guía de montaña. Conoce Villarrica y Cochamó. Sí, es bastante
guapo y no, no conectamos. Sentí que podía escuchar el ruido de sus pensamientos.
Salir
con Janik sólo amplificó la sensación de extrañar a Elmar.
Terminamos
la noche balanceándonos en la hamaca. No coqueteamos, porque no hubo ese tipo
de conexión, tampoco la de ser amigos, pero aquella noche sí disfrutamos la
compañía del otro, a veces el viaje se siente solitario y una necesita un gato
ronroneando a su lado.
Esa
noche dormí profundo y por la mañana desperté renovada. Me di una ducha con
agua fría y volví a la vida. Mientras me vestía conocí a un chiquillo italiano.
No recuerdo su nombre, quizás se llama Leonardo, pero sí recuerdo la sensación
agradable del fugaz encuentro.
Más
tarde caminé hacia el café donde conocí a Almendra. No encontré a mi amiga,
pero sí a Charly, su compañero, un argentino suave, sensible, adorable. También
me encontré a Maluco, aquel viajero brasileño que conocí hace un mes en
Cafayate. La energía de Maluco es feroz y radiante, como león de la selva.
Mi
intención para este día era conocer el Fuerte de Samaipata. Llegué hasta el río
con un grupo de franceses y conecté con una pareja de viajeros de cuarenta y
tanto. Habían recorrido Chile y en sus mochilas llevaban merkén.
Me
gusta aquí porque puedo respirar bien. El aire es tibio, ni caliente ni frío, y
las montañas son verdes. En este territorio se encuentran los Andes, los valles
y comienza la Amazonía.
Desde
el río caminé unos siete kilómetros en subida para llegar al bendito fuerte. Hace
unos quinientos años el Imperio Inca instaló un centro administrativo,
ceremonial y militar en este lugar. Construyendo terrazas y plazas sobre la
roca. Pero los Incas nos fueron los primeros, se cree que los Chané, un pueblo
con influencia amazónica y arawak, iniciaron los primeros ceremonias sobre la
roca.
Desde
la arqueología la teoría es que los canales tallados sobre la roca están
relacionados con rituales de agua, por donde la lluvia se desplaza
simbólicamente.
Mi
amigo Maluco me contó que este fuerte está conectado energéticamente con Machu
Picchu, la Isla del Sol y Tiwanaku. Me queda por conocer el segundo y tercer
lugar.
En mi
recorrido por el fuerte desperté recuerdos antiguos. Lloré de felicidad. Permanecí
allí un par de horas y se sintió como el recorrido de toda una vida. Bolivia me
está regalando mucha raíz.
Descendí
extasiada, entre nubes, cielo azul y verde profundo. A medio camino me monté en
una moto taxi para regresar al pueblo. Me sentí libre y ligera, como mariposa.
Me sentí linda y plena. Me sentí yo misma.
Por
la tarde me junté con Maluco y un grupo de latinos, todos viajeros, músicos,
artesanos.
Por
la noche fuimos con Almendra a un bar, a contarnos la vida mientras bebíamos
cerveza. Descubrimos un montón de espejos: ambas somos capricornio con luna en
escorpio, nuestros padres viven en Talca y pasamos nuestros años universitarios
en Santiago. Ambas nos sentimos mucho más atraídas por el viaje y la magia, que
por la idea de ejercer nuestras carreras.
Del
bar nos fuimos a la plaza y nos unimos a nuestra tribu de latinos. Bailé salsa,
cumbia y hasta rancheras. En nuestra tribu hay una pareja de mexicanos con
güiro y acordeón. También un venezolano con tambores, argentinos con guitarras
y un brasileño con birimbao. Yo no toco ningún instrumento, pero mis caderas
aman danzar.
Junio
19
Hubo
un día en el que desperté y simplemente decidí ser feliz. Me subí a una moto
taxi, carruaje que me dejó en el río. Desde allí logré conectar con mi diario,
con mi tribu espiritual y con mis amigos. Estaba en un lugar verde y sagrado,
mágico.
Por
las noches nos seguimos reuniendo, la tribu de latinos, en la plaza del pueblo.
Esta dinámica se fue transformando en ritual, siempre con aires de fiesta,
nunca faltaron la alegría, el vino y la cachaza.
Siento
que partes de mí se están rompiendo y moviendo. Cada cierto siempre muero y me
vuelvo a parir. Todo esto está sucediendo aquí y ahora.
He
seguido viendo a Almendra y agradezco infinitamente haber encontrado a una
amiga para la vida en este viaje, que se va sintiendo tan corporal como
espiritual. Quedan tantas cosas por sanar y se siente lindo hacer ese recorrido
en compañía. Con Almendra podemos hablar de nuestras sombras y sentirnos
sostenidas.
Un
día le escribí a Elmar y no le llegaron mis mensajes. Solo espero que donde sea
que esté, se encuentre bien.
Ayer
por la mañana fui hasta el Codo de los Andes. Hay paisajes que son éxtasis,
paisajes soñados; este es uno de ellos. Su nombre proviene de la forma que
adopta la cordillera en la zona, una curva pronunciada.
Desde
lo alto mis ojos vieron como la montaña comenzó a volverse ola, ondulaciones
verdes e infinitas, mariposeadas entre las nubes. Un paisaje exquisito.
Al
bajar del cielo almorcé y me dormí una gran siesta. Luego me di una larga ducha
bien intencionada. Y más tarde fui por chocolate caliente y brownie. Era el
nanai que estaba necesitando mi corazón. Me metí a la cama y dormí diez horas.
Hoy desperté sintiéndome mucho mejor.
Junio
21
Ayer
desperté con el sabor a fiesta en la boca y con flachazos de otra noche de
alegría latina.
Por
la mañana medité al sol mientras tomaba mate. Más tarde metí todas mis pilchas
en la mochila, sabía que se acercaba una noche de no dormir, así que decidí ahorrarme
la hostal.
Almorcé
en el mercado, agradeciendo tanta abundancia. Con la guatita llena y el corazón
contento me senté al sol, a esperar a mis amigas. Jorgelina, una argentina
artesana y aventurera, nos dio una clase de afrobrasileño. En otras épocas de mi vida fui a clases de tumbe
(danza afro ariqueña) y festejo (afroperuano).
Amé
la sensación de ir encarnando los movimientos de cada Orisha. Me sentí en
éxtasis. Y qué placer más grande bailar entre un grupo de mujeres.
Después
de la clase regresamos al mercado y compartimos un café, conversaciones de
chicas y pastelitos (yo elegí un pie de maracuyá que me tiene del todo
embobada).
Del
mercado me pasé a la hostal, y me di una ducha. Me vestí con jeans, zapatillas,
polera blanca y envolví mi cabeza con un pañuelo.
Salí
a la calle y el pueblo palpitaba alegría. Tambores y zampoñas marcaban el
ritmo. Se aproximaba el Inti Raymi, la gran fiesta del sol. El solsticio de
invierno da el inicio de un nuevo ciclo solar, un tiempo de renovación,
agradecimiento y renacimiento de la luz.
Mucha
gente llegó al pueblo, entre ellos Tom, uno de los amigos que conocí en Tarija.
Nos abrazamos y lo integré en la tribu de latinos (aunque Tom es del todo
inglés). Tenerlo allí otra vez conmigo me hizo sentir cerca Lara y a Elmar.
La
plaza se convirtió en un territorio reencuentro y alegría en torno a la música
y la danza andina. A media noche partimos hacia el fuerte, allí esperaríamos al
sol. Subimos en trufi bebiendo vino. Cuando puse mis pies en la tierra metí en
mi boca un gramo de hongos alucinógenos, así que toda la magia de aquella noche, que ya era
un montón, se intensificó. Con Almendra nos sumergimos en el mismo viaje.
Recuerdo
a mi tribu linda, como un hogar de tambores y fuego, en medio de una marea de
gente. Me recuerdo danzando y a ratos coqueteando. También me recuerdo rodando
por el pasto con la Almendra. Aquella noche comprendí que la oscuridad puede sentirse muy luminosa.
Hay
una escena en el que Javi, un amigo peruano, viajero y artesano, me contaba
cómo tuvo que huir de casa a los ocho años.
En
otra escena mis caderas se dejaron seducir por el tambor de Ako, un viajero
venezolano. Ako siempre me pareció sabio y a la vez sensual. Recuerdo que me
recitó un poema al oído y que me confesó que deseaba besarme. Yo seguí
coqueteando como la mariposa que soy. Sentí que era una noche para bailar y
conectar con el todo y todos.
Quizás
nunca antes en la vida me sentí tan jipi, tan libre, tan yo misma. Ojalá
siempre pudiera dejarme fluir así.
Alrededor
de las seis de la mañana comenzamos a subir las escaleras del fuerte, siguiendo
la música. Ako tomó mi mano y en algún momento nos besamos. Luego me desprendí
porque quería seguir sintiéndome libre y me sentí llamada a recibir al sol
junto a mis amigas.
En la
cima del fuerte nos esperaba la llama colectiva. Aguardé al sol junto a
Almendra, mi otra yo. Recuerdo montañas verdes, nubes envolventes y la tierra
pariendo al sol rojo. Lloré de felicidad. Mi corazón también lloró.
Permanecimos
en lo alto, por un par de horas quizás, la verdad es que el tiempo se había
desvanecido. Al descender la luz del día envolvía al fuerte. Me reuní con otras
mujeres y comenzamos el ritual de saludar al sol. Ahí conocí a Maia, una
argentina danzarina. Todo lo que deseaba en aquel momento era tomarme unos
mates y Maia los cebó.
Allí nos encontró Gonzalo, un chileno
misterioso y mágico, nieto de Arturo Merino Benítez. Gonzalo tiene un don que
nos hipnotizó a todas; sabe jugar con las palabras. Nunca antes escuché a
alguien desenvolverse con tanta gracia, hablar de una forma tan elocuente, tan
poética y a la vez tener tanto dominio etimológico. Gonzalo trabaja como
fotógrafo en el fuerte. Dice que vivió otras vidas aquí. La verdad es que yo le
creo todo.
Pasadas las diez decidimos regresar al
pueblo. Almendra y yo compartimos el mismo moto taxi. Tres personas en una moto
descendiendo entre curvas sin casco. Es el tipo de escena que le omito a mi
madre.
Abajo ardía el sol, el calor y el
trasnoche. Buscamos una nueva hostal donde refugiarnos y encontramos el vivero
de Sarita, un lugar de plantas, hadas y mariposas. Dormí una gran siesta y
desperté para ir a una fiesta de música afro. Fue otra noche feliz.
Junio 23
Recibí un mensaje de Elmar: Ey Mila,
solo te quiero decir que me gustó pasar tiempo contigo. Era diferente porque
posees una tranquilidad que pocas personas tienen, cosa que me encanta. Calma y
a la vez con muy buena energía. Eso es todo. Y algunas veces aún me siento
abrazado como me abrazaste esa noche.
Elmar ahora está en La Paz y yo sigo en
Samaipata. Una parte de mí quiere ir a buscarlo y la otra quiere esperarlo.
Ambas partes anhelan el reencuentro.
Ayer fue un día suave, de tomar mates
por la mañana, almorzar en el mercado e ir a un taller de danza medicina por la
tarde. Danzando me sentí una con la tierra. Es una de esas pasiones que me
acompañan desde que era niña.
Al final del taller nos reunimos a
intencionar alrededor del fuego. Mi intención fue quemar la inseguridad y
encender la confianza. Es lo que deseo y necesito. Confiar más en mí.
Al despedirnos una mujer alemana me dijo
que mi energía era muy femenina y muy hermosa, sensual como una fruta jugosa.
Después del taller pasamos a comer
sonsos con Almendra, un exquisito pancito de yuca y queso.
Luego de varias noches de fiesta, anoche
me dormí temprano. Hoy desperté contenta y serena. Mientras tomaba mate
comprendí que ya es tiempo de ir soltando Samaipata.
He meditado sobre mi viaje. Al inicio
creía que se trataba de llegar muy lejos, ahora comprendo que siempre se trató
de ir muy adentro.

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