Del desierto a la Amazonía boliviana (segunda parte)

 

 

Junio 3

Hoy me reencontré con Elmar aquí en Sucre. Sí, en este diario los viajeros se reencuentran. Concertamos la cita para las diez de la mañana en La Recoleta. Llegué quince minutos antes, lo que me dio tiempo para respirar y continuar leyendo El Alquimista. A la hora indicada sentí la llegada de su presencia. Vestía una polera blanca y un pantalón de cotelé rojo. Su mirada seguía siendo celeste y transparente. Sonreímos, primero con los ojos, luego con los labios y nos dimos un abrazo.

Permanecimos sentado frente a frente, refugiados entre solemnes columnas, intercambiando historias y mates. Me contó sobre su estadía en Potosí, un ojo de agua, una mujer triste y un diablo rojo. Al rato nos echamos a andar hacia la Plaza 25 de Mayo, donde subimos hacia la gran terraza del Palacio de Gobierno. Allí contemplamos la luz de la ciudad y jugamos a abrir puertas prohibidas.

Regresamos a la calle, compramos chocolate (cosa que en Sucre es una exquisita experiencia cultural y sensorial), nos detuvimos en un café, para luego seguir atravesando puertas y calles, hasta llegar al cementerio (un lugar verde, de siluetas y belleza silenciosa). En aquel escenario volvimos a dialogar sobre la fe. Al salir del cementerio nos adentramos en calles al azar, hasta despedirnos. No sé si volveremos a vernos. Solo sé que sí quiero. 

Junio 5

Ahora mismo son pasaditas las tres de la tarde y escribo desde la terraza del Palacete de Guereo, una casona señorial del siglo XIX, diseñada por el arquitecto Suizo Antonio Camponovo. Tuve que trepar por una larga escalera en espiral, tallada en cedro, para llegar hasta su cima. Y desde aquí el paisaje se ve mitad jardín verde y mitad ciudad blanca. Me siento en paz y en calma, acogida por las ruinas de la elegancia y el silencio.

Ayer por la mañana fui al Museo del Tesoro y me enamoré de la bolivianita (o ametrino), un cuarzo en el que se mezclan la amatista (color violeta) y el citrino (amarillo, anaranjado, dorado). Esta unión ocurre de forma natural gracias a los cambios de temperatura durante su formación bajo la tierra.

Al mediodía partí hacia el mercado. El tercer mercado que recorro en Bolivia y me sigo sorprendiendo por sus colores, amor, honestidad y abundancia.

En el mercado compré ocas (un tierno tubérculo andino), un ramito de manzanilla, piña y un jugo verde levanta muertos.

Más tarde me senté en la plaza a leer y embriagarme de sol. Desde ahí subí hasta la azotea de la iglesia San Felipe Neri. Me senté en posición de buda meditando y seguí leyendo; así me encontró Elmar. Charlamos, reímos y meditamos juntos. Luego bajamos a la plaza y repetimos la escena. Y cuando el sol se escondió, nos refugiamos en un café (hay un montón de cafeterías mágicas escondidas en Sucre). Por la noche nos despedimos con uno de esos abrazos que no quieren tener final.

Confieso que me estoy enamorando, no solo de Elmar, me enamoro de la Mila que emerge a su lado, me enamoro del viaje, me enamoro del romance, me enamoro de la vida, me enamoro de Sucre, me enamoro de Bolivia.

Junio 6

De El Alquimista aprendí que “todo está escrito y todo puede ser cambiado”.

Son las nueve de la mañana y yo ya hice mis 21 saludos al sol, mi meditación y mi paseo matutino por la ciudad. En este momento de mi vida soy una mujer Alondra, una avecita mañanera.

Desayuné en una cafetería de cuentos, blanca por fuera, por dentro azulada, en calle Potosí. Luego caminé hasta La Recoleta para encontrarme con Elmar. Tomamos mate y me enseñó a jugar kniffel, un juego en el que se lanzan dados para lograr combinaciones específicas, como tríos o escalas. Reímos, comimos chocolate y nos llenamos de sol. Gané dos de tres partidas.

Más tarde caminamos por la calle de los gatos hacia el Palacete de Guereo y nos adentramos en su gran jardín o pequeña selva. Allí nos sentamos a meditar, a leernos intuitivamente las manos, a mirarnos profundamente hasta reconocernos.

Fuimos tentados por la cafetería del lugar, otra cafetería de cuento,  emplazada en medio de un jardín de hadas. Hicimos elecciones muy diferentes y compartimos todo. Elmar me contó más detalles sobre sus hermanos y yo le conté detalles sobre mi infancia en el campo. Reímos fuerte porque unas gallinas cacareaban y cacareaban en algún techo. De pronto Elmar se puso serio, me miró de esa forma en la que me desnuda el alma y me contó que hace un tiempo había dibujado esta escena, lo recordó por mis ojos.

Regresamos a la calle y caminamos hacia el centro. Le enseñé el significado de la palabra “travesura” y la vida quiso que se la mostrara con acciones. Entramos a una iglesia (en Sucre hay casi una iglesia por cuadra), abrimos una pesada puerta y llegamos a un patio. Cerré la puerta y nos quedamos atrapados. Me dolieron las mejillas por tanta risa. Estuvimos largo rato navegando entre pasillos oscuros, sotanas de curas, paredes de adobe y escombros. Hasta que encontramos una puerta que nos devolvió la esperanza de la libertad, puerta que nos condujo hasta el mismísimo altar de la iglesia. Caminamos desde el altar hacia la salida con naturalidad y amplias sonrisas, atravesando una docena de mujeres que nos observaban perplejas.

Ya afuera soltamos las risas. “Esto es el significado de una travesura Elmar”, le dije. Compartimos una medialuna, paseamos por el mercado central y a sus afueras nos despedimos. Le agradecí por toda la diversión de hoy. Creo que ahora comprendo lo que somos: compañeros de juego.

Junio 8

Viajar, amar y escribir es lo que hago y quiero seguir haciendo. Ahora soy capaz de verlo, de aceptarlo y de agradecerlo. Lloro mientras escribo esto, no sé si de felicidad, de nostalgia, de pena o de deleite por misterio revelado. Después de tanto andar, de tanto perderme, de tanto buscarme, al fin me voy sintiendo en casa, dentro de mí misma y también fuera.

Antes de que se acabe la tinta de mi lápiz, quiero relatar el día de ayer. Desperté a las siete, leí en la cama, hice mis ritos tibetanos y saludos al sol, me duché y me puse la blusa blanca que compré en Tarija, esa que me hace sentir como una princesa andina. Escuché afirmaciones positivas y salí a la calle. Me senté en un café a desayunar y a atesorar la vida en mi diario. Entre palabras y palabras el tiempo se fue volando, almorcé una ensalada de quínoa y bebí una cerveza ipa. Luego me fui a leer a la plaza.

Al rato apareció el chiquillo, nos miramos y sonreímos. Cuando lo miro puedo sentir cómo sonríe mi corazón. Fuimos por un helado, que compartimos mientras subimos las escaleras hacia la Recoleta. Jugamos kniffel otra vez y volví a ganar. Bendita sea la suerte de principiantes. Aunque la verdad es que compartir un pedacito de mi vida con Elmar ya se siente como ganar. Vimos el atardecer y la llegada de la noche, con su luna nueva.

Caminamos hacia el centro y pasamos a comer pizzas (que fue mi antojo). Luego nos fuimos a sentar a la plaza. Allí nos quedamos contemplando a los seres que danzaban y fuimos desenredando ovillos existenciales.

Elmar me prestó su cortaviento y me fue a dejar hasta el departamento. Él vive (momentáneamente) en dirección contraria. Luego de que nos despedimos sentí ese impulso de correr tras él, detenerlo, mirarnos a los ojos y darle un beso. No hice nada de esto. No por falta de valentía, ni por miedo a que me creyera loca, no hice nada para no asustarlo, recuerden que le llevo diez años…

Junio 10

Necesito escribir. Llorar y escribir. Sangrar y escribir. Vivir y escribir.

Domingo por la noche. Acordamos cocinar y cenar en mi departamento. Él llegaría a las seis.  A las 18:36 bajé a buscarlo, intuí que se había perdido. Piso uno, se abre el ascensor y allí estaba Elmar. Lo sentí abrumado, por culpa del retraso. Sonreí y le dije que todo estaba bien.

Subimos y al cruzar la puerta se quitó las zapatillas. Volvió a disculparse otro puñado de veces. Le conté que en Chile es normal llegar tarde a todas partes.

Desde el balcón vimos cómo se fueron encendiendo las luces de la ciudad y luego nos refugiamos en la cocina. Improvisamos un revoltijo de vegetales salteados, con ocas y bebimos vino. De fondo sonaba la playlist que le hice. Sí, cuando me enamoro hago playlist. Cuando me desenamoro, también.

Cenamos en el balcón y seguimos bebiendo vino. Lo noté ausente. Al rato me confesó que estaba pensando en su hermano y en todas las maravillas de la vida que se había perdido. Su hermano se suicidó a los 21. También viví una de esas pérdidas al empezar la adolescencia. Las preguntas atormentan, en mi caso los años me fueron revelando las respuestas. Encontré mucha paz en cada libro de Brian Weiss que he leído, empezando por Muchas vidas, muchos maestros.

Pasamos las siguientes horas mirándonos, tambaleando en una magnética ola de coqueteos y complicidad. Jugamos a adivinar las luces y sonidos de la ciudad. Cuando me di cuenta de que se hacía tarde, le ofrecí quedarse. Lo meditó un momento y aceptó.

Decidimos compartir la cama. Se quitó casi todo la ropa y lo abracé, sintiendo el calor de su piel. Él acarició mi mano. Experimenté en carne propia lo que siente un volcán antes de hacer erupción.

Permanecimos en aquel limbo de ternura y deseo por un largo rato, hasta que nuestros labios se encontraron. Justo ahí, apagué la mente. Yo ya había soñado con la escena que vino luego.

Nos dormimos acurrucados, mi útero lo agradeció, también mi corazón. Luego de un rompimiento (de esos que estremecen) y de un romance inestable (que dolió), me estaba abriendo otra vez al amor, y lo estaba haciendo en medio de un viaje; donde se acrecienta la sensación de que la única certeza y lo único real es el presente, el efímero aquí y ahora.

Esta mañana nos quedamos regaloneando en la cama. Le relaté mis sueños y él me dijo que no soñó nada, y que suele ser de esas personas que sueña mucho. Desayunamos pan con palta, huevos revueltos y mates en el balcón.

Le enseñé a jugar cara de caca, mientras seguimos mateando. Comimos chocolate, nuestro placer compartido, e hicimos el amor muchas otras veces tan solo mirándonos.

Me contó que mañana dejará Sucre para continuar con su viaje. Que se irá a acampar unos días a no sé dónde. Se me apretó la guata y el corazón. Dejé de escucharle. Qué fugaz puede ser el amor... Pero mientras lo escriba, puedo atesorarlo y revivirlo infinitas veces.

Nos despedimos con un último beso frente al ascensor. Al cerrar la puerta me deshice en llanto.

Me pasé la tarde viendo películas románticas, llorando y menstruando. Estaba lejos y no había nadie para consolarme, pobre niña. Al caer la noche me reí de mi misma, porque ni al terminar con mi último ex había llorado tanto. Quizás cuántas penas traía acumuladas en el corazón…

Me gusta llorar casi tanto como me gusta escribir, casi tanto como me gusta bailar. Son formas de liberarse, de manifestar con el cuerpo la palabra no pronunciada.

Ahí vamos. Aún no sé hacia dónde, pero sé que me están llamando.

Junio 13

Estoy en Samaipata, sentada en un café, rodeada de plantas. Aquí conocí hace un instante a Almendra, una encantadora viajera chilena. Ya iré compartiendo los detalles. 

Samaipata significa “lugar de descanso entre montañas” en lengua quechua.  Es un pueblo pequeño y fascinante, muchas cosas de aquí me recuerdan a San Pedro de Atacama: las calles de tierra, las casas de barro, la gente jipi caminando. Aunque alrededor todo es verde y no veo volcanes, la esencia es similar.

Ayer fue mi último día en Sucre. Inicié la mañana con yoga, mate y meditación. Por la tarde metí mis cosas en la mochila y José Luis de Cochabamba me llevó hasta el terminal. Al llegar me senté en el suelo a contemplar el caos. Mi flota se retrasó una hora, así que invoqué paciencia. Estaba muy decidida a dejar Sucre y continuar con el viaje. Habitar la ciudad blanca sin Elmar me estaba llenando de mil quinientas nostalgias.

Fueron seis horas de viaje en las cuales logré dormir a ratos. Bajé a las tres de la mañana de la flota, en plena carretera. Para llegar al pueblo tocaba caminar. Sentí ese vértigo de no saber hacia dónde iba ni qué se venía. Agradecí el aire tibio, porque al menos no moriría de frío.  No tenía señal y sí una vaga idea de hacia dónde seguir caminando. Llegué hasta una iglesia y allí le pregunté a un hombre por la hostal que andaba buscando. ime llevó en su auto hasta la puerta del lugar, Elias fue un ángel lleno de gentileza que rescató a esta viajera en apuros. Doy gracias porque siempre aparecen estos ángeles en mi ruta.

Cuando llegué a la hostal seguía siendo de noche. Bajé las escaleras en silencio y me acurruqué en una hamaca, bien abrigada por mi saco. Y allí me dormí feliz y agradecida por estar a salvo.

Esta mañana, en mi primera vuelta por el pueblo, me encontré a Almendra. Y pude sentir que era uno de aquellos reencuentros de almas.

Gracias Universo. Gracias Pachamama. Gracias, gracias, gracias.

Junio 15

La madrugada del jueves llegué a Samaipata. El jueves por la noche, mientras me derretía en la hamaca entre ronroneos de gatos, llegó a meterme conversa Janik, un simpático chiquillo alemán, que dominaba un perfecto español con un toque de acento argentino. Janik me invitó a dar una vuelta nocturna por el pueblo y dije que sí. Últimamente digo a casi todo que sí. Su energía me recordó mucho a la de un chiquillo del que me enamoré hace un montón de tiempo: dinámico, hiperactivo, disperso.

Janik es escalador y guía de montaña. Conoce Villarrica y Cochamó. Sí, es bastante guapo y no, no conectamos. Sentí que podía escuchar el ruido de sus pensamientos.

Salir con Janik sólo amplificó la sensación de extrañar a Elmar.

Terminamos la noche balanceándonos en la hamaca. No coqueteamos, porque no hubo ese tipo de conexión, tampoco la de ser amigos, pero aquella noche sí disfrutamos la compañía del otro, a veces el viaje se siente solitario y una necesita un gato ronroneando a su lado.

Esa noche dormí profundo y por la mañana desperté renovada. Me di una ducha con agua fría y volví a la vida. Mientras me vestía conocí a un chiquillo italiano. No recuerdo su nombre, quizás se llama Leonardo, pero sí recuerdo la sensación agradable del fugaz encuentro.

Más tarde caminé hacia el café donde conocí a Almendra. No encontré a mi amiga, pero sí a Charly, su compañero, un argentino suave, sensible, adorable. También me encontré a Maluco, aquel viajero brasileño que conocí hace un mes en Cafayate. La energía de Maluco es feroz y radiante, como león de la selva.  

Mi intención para este día era conocer el Fuerte de Samaipata. Llegué hasta el río con un grupo de franceses y conecté con una pareja de viajeros de cuarenta y tanto. Habían recorrido Chile y en sus mochilas llevaban merkén.

Me gusta aquí porque puedo respirar bien. El aire es tibio, ni caliente ni frío, y las montañas son verdes. En este territorio se encuentran los Andes, los valles y comienza la Amazonía.

Desde el río caminé unos siete kilómetros en subida para llegar al bendito fuerte. Hace unos quinientos años el Imperio Inca instaló un centro administrativo, ceremonial y militar en este lugar. Construyendo terrazas y plazas sobre la roca. Pero los Incas nos fueron los primeros, se cree que los Chané, un pueblo con influencia amazónica y arawak, iniciaron los primeros ceremonias sobre la roca.

Desde la arqueología la teoría es que los canales tallados sobre la roca están relacionados con rituales de agua, por donde la lluvia se desplaza simbólicamente.

Mi amigo Maluco me contó que este fuerte está conectado energéticamente con Machu Picchu, la Isla del Sol y Tiwanaku. Me queda por conocer el segundo y tercer lugar.

En mi recorrido por el fuerte desperté recuerdos antiguos. Lloré de felicidad. Permanecí allí un par de horas y se sintió como el recorrido de toda una vida. Bolivia me está regalando mucha raíz.

Descendí extasiada, entre nubes, cielo azul y verde profundo. A medio camino me monté en una moto taxi para regresar al pueblo. Me sentí libre y ligera, como mariposa. Me sentí linda y plena. Me sentí yo misma.

Por la tarde me junté con Maluco y un grupo de latinos, todos viajeros, músicos, artesanos.

Por la noche fuimos con Almendra a un bar, a contarnos la vida mientras bebíamos cerveza. Descubrimos un montón de espejos: ambas somos capricornio con luna en escorpio, nuestros padres viven en Talca y pasamos nuestros años universitarios en Santiago. Ambas nos sentimos mucho más atraídas por el viaje y la magia, que por la idea de ejercer nuestras carreras.

Del bar nos fuimos a la plaza y nos unimos a nuestra tribu de latinos. Bailé salsa, cumbia y hasta rancheras. En nuestra tribu hay una pareja de mexicanos con güiro y acordeón. También un venezolano con tambores, argentinos con guitarras y un brasileño con birimbao. Yo no toco ningún instrumento, pero mis caderas aman danzar.

Junio 19

Hubo un día en el que desperté y simplemente decidí ser feliz. Me subí a una moto taxi, carruaje que me dejó en el río. Desde allí logré conectar con mi diario, con mi tribu espiritual y con mis amigos. Estaba en un lugar verde y sagrado, mágico.

Por las noches nos seguimos reuniendo, la tribu de latinos, en la plaza del pueblo. Esta dinámica se fue transformando en ritual, siempre con aires de fiesta, nunca faltaron la alegría, el vino y la cachaza.

Siento que partes de mí se están rompiendo y moviendo. Cada cierto siempre muero y me vuelvo a parir. Todo esto está sucediendo aquí y ahora.

He seguido viendo a Almendra y agradezco infinitamente haber encontrado a una amiga para la vida en este viaje, que se va sintiendo tan corporal como espiritual. Quedan tantas cosas por sanar y se siente lindo hacer ese recorrido en compañía. Con Almendra podemos hablar de nuestras sombras y sentirnos sostenidas.

Un día le escribí a Elmar y no le llegaron mis mensajes. Solo espero que donde sea que esté, se encuentre bien.

Ayer por la mañana fui hasta el Codo de los Andes. Hay paisajes que son éxtasis, paisajes soñados; este es uno de ellos. Su nombre proviene de la forma que adopta la cordillera en la zona, una curva pronunciada.

Desde lo alto mis ojos vieron como la montaña comenzó a volverse ola, ondulaciones verdes e infinitas, mariposeadas entre las nubes. Un paisaje exquisito.

Al bajar del cielo almorcé y me dormí una gran siesta. Luego me di una larga ducha bien intencionada. Y más tarde fui por chocolate caliente y brownie. Era el nanai que estaba necesitando mi corazón. Me metí a la cama y dormí diez horas. Hoy desperté sintiéndome mucho mejor.

Junio 21

Ayer desperté con el sabor a fiesta en la boca y con flachazos de otra noche de alegría latina.

Por la mañana medité al sol mientras tomaba mate. Más tarde metí todas mis pilchas en la mochila, sabía que se acercaba una noche de no dormir, así que decidí ahorrarme la hostal.

Almorcé en el mercado, agradeciendo tanta abundancia. Con la guatita llena y el corazón contento me senté al sol, a esperar a mis amigas. Jorgelina, una argentina artesana y aventurera, nos dio una clase de afrobrasileño. En otras épocas de mi vida fui a clases de tumbe (danza afro ariqueña) y festejo (afroperuano).

Amé la sensación de ir encarnando los movimientos de cada Orisha. Me sentí en éxtasis. Y qué placer más grande bailar entre un grupo de mujeres.

Después de la clase regresamos al mercado y compartimos un café, conversaciones de chicas y pastelitos (yo elegí un pie de maracuyá que me tiene del todo embobada).

Del mercado me pasé a la hostal, y me di una ducha. Me vestí con jeans, zapatillas, polera blanca y envolví mi cabeza con un pañuelo.

Salí a la calle y el pueblo palpitaba alegría. Tambores y zampoñas marcaban el ritmo. Se aproximaba el Inti Raymi, la gran fiesta del sol. El solsticio de invierno da el inicio de un nuevo ciclo solar, un tiempo de renovación, agradecimiento y renacimiento de la luz.

Mucha gente llegó al pueblo, entre ellos Tom, uno de los amigos que conocí en Tarija. Nos abrazamos y lo integré en la tribu de latinos (aunque Tom es del todo inglés). Tenerlo allí otra vez conmigo me hizo sentir cerca Lara y a Elmar.

La plaza se convirtió en un territorio reencuentro y alegría en torno a la música y la danza andina. A media noche partimos hacia el fuerte, allí esperaríamos al sol. Subimos en trufi bebiendo vino. Cuando puse mis pies en la tierra metí en mi boca un gramo de hongos alucinógenos, así que toda la magia de aquella noche, que ya era un montón, se intensificó. Con Almendra nos sumergimos en el mismo viaje.

Recuerdo a mi tribu linda, como un hogar de tambores y fuego, en medio de una marea de gente. Me recuerdo danzando y a ratos coqueteando. También me recuerdo rodando por el pasto con la Almendra. Aquella noche comprendí que la oscuridad puede sentirse muy luminosa.

Hay una escena en el que Javi, un amigo peruano, viajero y artesano, me contaba cómo tuvo que huir de casa a los ocho años.

En otra escena mis caderas se dejaron seducir por el tambor de Ako, un viajero venezolano. Ako siempre me pareció sabio y a la vez sensual. Recuerdo que me recitó un poema al oído y que me confesó que deseaba besarme. Yo seguí coqueteando como la mariposa que soy. Sentí que era una noche para bailar y conectar con el todo y todos.

Quizás nunca antes en la vida me sentí tan jipi, tan libre, tan yo misma. Ojalá siempre pudiera dejarme fluir así.

Alrededor de las seis de la mañana comenzamos a subir las escaleras del fuerte, siguiendo la música. Ako tomó mi mano y en algún momento nos besamos. Luego me desprendí porque quería seguir sintiéndome libre y me sentí llamada a recibir al sol junto a mis amigas.

En la cima del fuerte nos esperaba la llama colectiva. Aguardé al sol junto a Almendra, mi otra yo. Recuerdo montañas verdes, nubes envolventes y la tierra pariendo al sol rojo. Lloré de felicidad. Mi corazón también lloró.

Permanecimos en lo alto, por un par de horas quizás, la verdad es que el tiempo se había desvanecido. Al descender la luz del día envolvía al fuerte. Me reuní con otras mujeres y comenzamos el ritual de saludar al sol. Ahí conocí a Maia, una argentina danzarina. Todo lo que deseaba en aquel momento era tomarme unos mates y Maia los cebó.

Allí nos encontró Gonzalo, un chileno misterioso y mágico, nieto de Arturo Merino Benítez. Gonzalo tiene un don que nos hipnotizó a todas; sabe jugar con las palabras. Nunca antes escuché a alguien desenvolverse con tanta gracia, hablar de una forma tan elocuente, tan poética y a la vez tener tanto dominio etimológico. Gonzalo trabaja como fotógrafo en el fuerte. Dice que vivió otras vidas aquí. La verdad es que yo le creo todo.

Pasadas las diez decidimos regresar al pueblo. Almendra y yo compartimos el mismo moto taxi. Tres personas en una moto descendiendo entre curvas sin casco. Es el tipo de escena que le omito a mi madre.

Abajo ardía el sol, el calor y el trasnoche. Buscamos una nueva hostal donde refugiarnos y encontramos el vivero de Sarita, un lugar de plantas, hadas y mariposas. Dormí una gran siesta y desperté para ir a una fiesta de música afro. Fue otra noche feliz.

 

Junio 23

Recibí un mensaje de Elmar: Ey Mila, solo te quiero decir que me gustó pasar tiempo contigo. Era diferente porque posees una tranquilidad que pocas personas tienen, cosa que me encanta. Calma y a la vez con muy buena energía. Eso es todo. Y algunas veces aún me siento abrazado como me abrazaste esa noche.

Elmar ahora está en La Paz y yo sigo en Samaipata. Una parte de mí quiere ir a buscarlo y la otra quiere esperarlo. Ambas partes anhelan el reencuentro.

Ayer fue un día suave, de tomar mates por la mañana, almorzar en el mercado e ir a un taller de danza medicina por la tarde. Danzando me sentí una con la tierra. Es una de esas pasiones que me acompañan desde que era niña.

Al final del taller nos reunimos a intencionar alrededor del fuego. Mi intención fue quemar la inseguridad y encender la confianza. Es lo que deseo y necesito. Confiar más en mí.

Al despedirnos una mujer alemana me dijo que mi energía era muy femenina y muy hermosa, sensual como una fruta jugosa.

Después del taller pasamos a comer sonsos con Almendra, un exquisito pancito de yuca y queso.

Luego de varias noches de fiesta, anoche me dormí temprano. Hoy desperté contenta y serena. Mientras tomaba mate comprendí que ya es tiempo de ir soltando Samaipata.

He meditado sobre mi viaje. Al inicio creía que se trataba de llegar muy lejos, ahora comprendo que siempre se trató de ir muy adentro. 


 

 

 

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